Esos dos primos suyos eran Jacqueline y Guillaume-Thomas Lebon. También había una excursión en el instituto de esos dos jóvenes, que era el mismo que el mío, pero tanto ellos como yo habíamos decidido no ir. Jacqueline me comentó la propuesta de su primo... y acepté para ir con ella, pero la verdad, no me hacía mucha gracia visitar un país en el que tanto me iba a costar entenderme.
El domingo después de comer llegué al aeropuerto y me encontré con Jacqueline, con Guillaume y con un chico al que no conocía. Seguramente se trataba de Jean-Michel Bertrand. Era alto, aunque no tanto como yo, y tenía el pelo castaño claro y los ojos verdes, como los míos. Supuse que a sus alumnas les resultaría atractivo. Jacqueline le habló al verme, entonces el joven me saludó con la mano y cuando me acerqué, me dijo:
-Hello, Joachim...
-Hola -respondí-. Podemos hablar en...
-¿Ahorrarnos el inglés para cuando estemos en Inglaterra? -adivinó mis pensamientos-. ¡Claro! Como prefieras, Joachim.
Dentro del avión me dediqué a dibujar. Jacqueline iba a mi derecha, al lado de la ventanilla; Jean-Michel a mi izquierda; y a Guillaume le había tocado ir en una fila delante de nosotros. El muchacho se desabrochaba el cinturón, se ponía de pie... y su hermana le reñía. Viendo que Jacqueline le mandaba sentarse una y otra vez, levanté la vista del cuaderno de dibujo y observé lo que pasaba. Guillaume estaba arrodillado en su asiento, mirando hacia atrás. No le hacía caso a su hermana. Yo pretendía avisar a Jean-Michel... y lo vi mirando con interés a la chica más cercana, al otro lado del pasillo.
-Guillaume está haciendo el tonto -le dije.
Jean-Michel me miró, molesto.
-Guillaume, siéntate ahora mismo y abróchate el cinturón -ordenó con autoridad-. Si no, aviso a tus padres y te mandamos de nuevo a París.
El muchacho sonrió.
-Vale, vale -dijo-. Me quedo quietecito y te dejo tranquilo para que puedas empezar a ligar.
Al parecer, Jean-Michel era un donjuán, como ya sabía su primo. Cuando lo escuché hablando con una azafata confirmé esa suposición.
Guillaume se mantuvo poco tiempo parado, a los pocos minutos me envió una nota que decía lo siguiente: <
No me lo tomé en serio, pero así todo observé a Jacqueline, que estaba mirando por la ventanilla. Puse una mano en su espalda y ella se fijó en mí.
-¿Lo estás pasando bien? -le pregunté.
-Sí -me dijo -. Estoy deseando que lleguemos a Liverpool.
A ella le daban miedo las alturas si se trataba de edificios, de una noria... me alegré que no lo estuviese pasando mal en el avión.
Miró de reojo los dibujos de mi cuaderno. Me acerqué más a ella y le pregunté en voz baja:
-¿Le has dicho a Jean-Michel que...?
-¿Qué?
-¿... que soy tu novio?
Ella se inclinó para ver qué estaba haciendo Jean-Michel.
-No -susurró-. Mis padres le han dicho que éramos amigos.
Le pasé una mano por su melena dorada, preguntándole:
-¿Le decimos la verdad a tu primo?
-No sé, si se entera tal vez empieces a caerle mal.
-¿Por qué?
-Es un poco raro, ya verás.
Ciertamente, no me llevó mucho tiempo descubrir las particularidades de Jean-Michel.
El primo de Jacqueline había reservado habitaciones en un hotel lejano al aeropuerto. Nos dirigimos allí en autobús, pero la parada no se hallaba demasiado cerca del hotel, y además de suponer una molestia por causa de las maletas, constituyó un problema que estuviese lloviendo. Al bajar del autobús, Jean-Michel sacó un paraguas y abrigó a su prima, mientras que con la otra mano arrastraba la maleta (de ruedas). La sudadera de Guillaume tenía una capucha y yo... me mojé. Por fin llegamos al vestíbulo del hotel, en donde Jean-Michel comenzó a hablar en inglés con el recepcionista. Al poco rato subimos en ascensor a las habitaciones. Guillaume entró corriendo en la suya, y Jacqueline fue detrás, mirándome con desesperación al ver a su hermano saltando en una de las camas. No pude evitar sonreír, sin embargo, supe que Jacqueline debería soportar una gran carga teniendo que vigilar a Guillaume.
A mí me tocó compartir habitación con Jean-Michel. Cuando entré, empujando la maleta, vi las dos camas, de colchas blancas, y me fijé en que había un biombo en el medio, descorrido. Después de ducharme (estaba mojado de lluvia) empecé a deshacer la maleta, actividad que ya estaba realizando Jean-Michel. Procuré ser discreto, pero me quedé mirando el bañador que el joven acababa de sacar de su maleta. No por ser antiestético, sino porque me parecía que el agua de mar estaría fría en marzo.
Continuamos con nuestro trabajo. Yo de vez en cuando escuchaba algo, como una pelotita botando en la habitación de al lado, y me preguntaba de qué manera Guillaume estaría molestando a Jacqueline. Al cabo de varios minutos Jean-Michel terminó de hacer la maleta, se echó en su cama, boca arriba, y suspiró.
-Está despejando -me dijo-. Podemos dar una vuelta después de cenar.
Miré por la ventana y comprobé que ya no llovía. Me fijé en la acera que se veía desde el hotel, pero me descentré cuando comencé a escuchar voces procedentes de la habitación de al lado.
-¡No, no tengo por qué, no eres mi madre! -gritaba claramente Guillaume.
Jacqueline debió de contestarle algo, pero en voz más baja, ya que a ella no la oí. Pero sí a Guillaume, cuando rebatió, diciendo:
-¡¿Y qué si tampoco le hago caso a ella?! ¡No, no voy a parar! Si te molesto, te aguantas.
Jean-Michel se rió con ganas.
-Vaya con Guillaume, demasiada vitalidad, me parece -comentó.
A mí no me hacía gracia, y menos aun cuando de repente escuché un gemido de dolor y una carcajada. La risa era de Guillaume; y el quejido, de Jacqueline. Pero pronto escuché a Guillaume gritando de dolor, seguramente de manera exagerada.
-Vamos a cenar -propuso Jean-Michel, como si no hubiese pasado nada.
Salimos de nuestro cuarto y yo me detuve en la puerta de el de al lado.
-¡Venga, chicos, es hora de cenar! -gritó Jean-Michel.
Guillaume abrió la puerta frotándose el muslo izquierdo.
-¡Me ha dado, me ha lanzado la pelota de tenis! -acusó a su hermana.
-Y tú a mí antes -dijo Jacqueline.
Ella se encontraba arrodillada a un lado de la cama, frotándose el costado derecho. Pronto se levantó y vino con nosotros. Jean-Michel le pasó la mano a su prima por donde había recibido el impacto de la bola.
-Se te pasará enseguida -comentó, con seguridad.
Yo la miré y sonreí para tratar de animarla, y ella puso cara de <
La cena transcurrió sin demasiadas dificultades, por una vez Guillaume se comportó.
Jean-Michel nos comentó que el acento de Liverpool era algo complicado de entender, pero se detuvo cuando en la mesa de enfrente se sentó una chica guapa.
Salimos a dar una vuelta por el puerto después de la cena. A mí me habría gustado contemplar el mar junto a Jacqueline, los dos solos. ¿Pero cómo apartarnos de Guillaume y de Jean-Michel; y cómo haríamos para llegar de vuelta al hotel sin problemas? Jean-Michel era el único que sabía regresar.
-¿No vamos a ir a un pub a conocer chicas? -le preguntó Guillaume a su primo mayor.
Jean-Michel soltó una carcajada.
-¡Tienes catorce años! -exclamó.
Guillaume se encogió de hombros.
-Ya estoy en edad de que me gusten las mujeres -respondió-. Clerc, ¿tú quieres venir? -se dirigió a mí.
-Eh... no.
Jean-Michel me miró.
-Joachim, ¿tú quieres ir conmigo? -sugirió-. Una vez que Jacqueline y Guillaume estén durmiendo.
-¡Venga, no somos bebés! -gritó Guillaume.
Jean-Michel pasó de él y continuó esperando mi respuesta.
-No, Jean-Michel, no me interesa -aseguré-. No... además, no soy mayor de edad, me faltan unos meses.
El primo de Jacqueline me miró fijamente.
-Tienes cara de jovencito, pero eres muy alto. Si quisieses...
-No, no voy a ir.
Miré a Jacqueline, me gustaría abrazarla en aquel momento y decirle que solamente me interesaba ella, no las chicas del pub. Pero tuve que conformarme con algo que Jean-Michel no pudiese ver, así que la acaricié en la mano, nos miramos, y luego me aparté un poco para que Jean-Michel no se diese cuenta de que había acariciado a su prima. Sin embargo, el joven se mostraba interesado en unos barcos del puerto y aproveché para besar a Jacqueline cerca de su oreja izquierda. Guillaume tampoco nos vio y fue un alivio.
Jean-Michel propuso que nos hiciésemos unas fotos en el puerto. Yo le saqué una con sus primos; Jacqueline nos sacó una a Jean-Michel y a mí; y aparte de eso conseguí una con los hermanos Lebon (Jacqueline y Guillaume). No me atreví a pedir una solamente con Jacqueline (ella y yo solos) por miedo a que Jean-Michel sospechase algo, pero la joven sí que se atrevió.
Le pasé un brazo por los hombros a ella y la miré de reojo cuando su primo sacó la foto. Justo después Guillaume se alejó, intentando acercarse a un barco para entrar en él. Jean-Michel se echó a correr, persiguiéndolo, y yo estuve a punto de imitarlo, pero Jacqueline me agarró del abrigo.
-Ya volverán por aquí, vamos a quedarnos -me dijo.
-De acuerdo.
Nos sentamos en un banco con vistas al mar.
-Me gusta esto -comenté -. Desearía estar aquí un rato contigo, pero... esos van a volver enseguida.
-Tenemos que venir aquí solos mañana.
-¿Cómo?
-No lo sé, pero... si Jean-Michel confía en ti, a mí me dejará que ande por ahí contigo.
Asentí con la cabeza. Estaba de acuerdo en la idea principal, pero todavía quedaba organizar todos los detalles.
-Si venimos solos... yo no sé volver, ¿y tú? -le dije.
-Hay planos, taxis... no te preocupes por eso.
Miré a lo lejos y vi a Jean-Michel corriendo detrás de Guillaume. Ninguno de los dos nos miraba y yo intenté darle un beso a Jacqueline. Pero a ella le sonó el móvil, la llamaba su madre. Por el gesto de la joven, vi que habría preferido aprovechar esos escasos momentos que iba a pasar a solas conmigo, y conversar con su madre en otra ocasión.
-Sí, bien, la comida bien -dijo Jacqueline.
Me aparté un poco, incómodo, temiendo resultar indiscreto. Sin embargo la joven me hizo un gesto para que volviese a acercarme.
-Pero ya he llamado nada más llegar, desde el aeropuerto. -comentó la chica.
-...
-Sí, hemos salido. Estamos en el puerto, él está... aquí cerca, con Guillaume.
-...
-No, no pueden ponerse ahora.
-...
-Guillaume quiere subirse a un barco y Jean-Michel se lo impide.
Solté una carcajada, aunque supe que tal vez se podía oír al otro lado de la línea.
-Mamá... ya llamaremos nosotros -añadió Jacqueline-. Buenas noches.
Guardó el teléfono y comentó:
-Solo llamaba para ver si nos había gustado la cena.
Sonreí al mismo tiempo que Jean-Michel se acercaba agarrando a Guillaume de la cazadora.
-Bueno, a la próxima te dejo encerrado en el hotel -amenazaba Jean-Michel a su primo-. Te vas a quedar sin ver el museo de los Beatles, o Anfield, o... ya verás. Lo digo en serio. Ahora os llevo a todos al hotel y... luego me voy a un pub.
Me miró sugerentemente, por si quería acompañarlo, pero yo no reaccioné. Lo que hice fue preguntarle:
-Mientras tú estás en el pub... ¿puede Jacqueline dar una vuelta conmigo?
Él se lo pensó.
-Vamos todos al hotel y después hablamos -dijo al fin.
Volvimos a nuestro lugar de alojamiento en autobús. Jean-Michel estuvo pendiente de Guillaume para que este no pudiese escaparse ni cometer travesuras. Jacqueline se sentó, y como no quedaban más asientos libres, yo permanecí de pie junto a ella y la cogí de la mano. Pensé que Jean-Michel no se daría cuenta, atareado como estaba, pero durante un instante se dio la vuelta para mirar a Jacqueline y sí que vio que yo la tenía cogida de la mano. No dijo nada, sin embargo, me dirigió una mirada de reproche. Me quedé quieto y no solté a la joven.
Llegamos al hotel, Jacqueline y su hermano entraron en su habitación; y Jean-Michel y yo en la nuestra. Jean-Michel se quitó la camisa y buscó una más apropiada para acudir al pub. Vi que tenía el torso y la espalda bronceados.
-Jacqueline estará cansada del viaje -me comentó-. Es mejor que no vayáis a ningún lado.
-¿Has hablado con ella, te ha dicho que estaba cansada? -le pregunté.
-No, no me lo ha dicho, pero la conozco lo suficiente como para darme cuenta.
Jean-Michel se abrochó una camisa azul cielo.
-Sois muy amigos, ¿no? -supuso-. Jacqueline y tú.
-Sí -reconocí.
Me dirigió una mirada penetrante, invitándome a que se lo explicase mejor. Pero yo no añadí ni una palabra. Jean-Michel terminó de arreglarse y abrió la puerta.
-Que te diviertas -le dije.
-Y tú que descanses.
Me senté en la cama, algo irritado. Él podía ir a los pubs, y a mí no me dejaba ir a dar una vuelta con Jacqueline. Sin embargo, a él no le habría molestado que yo lo acompañase. <
Jean-Michel no llegó muy tarde, aunque yo ya me hallaba durmiendo cuando él volvió.
Al día siguiente por la mañana visitamos algunas iglesias de Liverpool. Yo noté que Jean-Michel se fijaba mucho en mí, pero eso no me impidió tratar a Jacqueline como de costumbre. Por cierto, hablé con la joven acerca de la actitud de su primo, y de lo que me había dicho él (Jean-Michel) la noche anterior.
-Te he dicho que mi primo era un poco raro -susurró Jacqueline, a la salida de la Catedral Católica -. Pero tenemos que pensar algo para este atardecer, para ir a ver el mar tú y yo juntos.
Jean-Michel vio cómo Jacqueline me hablaba al oído, y entonces me fulminó con la mirada.
Al mediodía comimos en el restaurante del hotel. Me senté al lado de Jacqueline y mantuve una conversación con ella mientras esperábamos a que nos sirviesen la comida. Jean-Michel hablaba con Guillaume y de vez en cuando nos miraba. Jacqueline se rió de una broma que le conté, y fue en ese momento cuando Jean-Michel decidió cortar nuestra conversación.
-Jacqueline, ha llamado Auguste esta mañana -dijo.
Auguste era el mayor de los hermanos de Jacqueline.
-Ha llamado temprano, antes de ir a clase, por eso ha querido contactar conmigo, por si tú estabas durmiendo -añadió Jean-Michel-. Me preguntó si lo estabas pasando bien.
-¿Y qué le has dicho? -quiso saber la joven.
-Que hablase contigo para mayor información.
Me pareció que Jacqueline iba a decir algo, pero Guillaume se le adelantó, comentando:
-¿No ha preguntado por mí?
-¡Sí, también! -exclamó Jean-Michel-. Y le he hablado de tus travesuras. ¡Te vas a enterar cuando vuelvas a verlo, primito!
-¡Bah! Es una simple amenaza. Tendrás que esforzarte más para convencerme.
Enseguida nos sirvieron la comida. Jacqueline se fue al baño y Guillaume aprovechó para verterle zumo de naranja en la sopa (del vaso del que él había bebido previamente). Guillaume se quedó riendo como un tonto mientras que Jean-Michel le reñía. Jacqueline no tardó en volver, y entonces su hermano exclamó:
-¡Mira qué tienes en la sopa, es jugo gástrico, ja, ja!
-Me vas a pagar otra -respondió Jacqueline.
Habló convencida, seriamente, sin dejarse llevar por sus emociones.
-¡Venga ya! -exclamó Guillaume-. Arréglate como puedas, yo me marcho.
Y se escapó corriendo, camino de su habitación. Jean-Michel se levantó, dispuesto a seguirlo. Sin embargo, si él también se marchaba, yo me quedaría solo con Jacqueline. Creo que por eso cambió de opinión.
-Joachim, ¿quieres ir a hablar con él? -me dijo.
-¿Yo?
-Sí. Eres... más de su edad. Tal vez te comprenda mejor. Dile... bueno, ya sabes, que se ha portado fatal y... que está castigado, que se va a quedar en el hotel hoy y mañana.
Asentí con la cabeza y subí las escaleras sin recordar que había ascensor. Guillaume se encontraba de pie frente a su habitación, dando puñetazos en la puerta.
-Esa cerda tiene las llaves -me dijo, refiriéndose a Jacqueline.
Lo agarré del jersey para intimidarlo, pero sin real intención de pegarle. Sin embargo, él me dio un pisotón. Lo empujé para apartarlo de mí, mido sobre un metro ochenta y cinco y temí hacerle daño.
-¿Por qué la tratas así? -le pregunté.
-Es superdivertido. Ella... parece que pasa de lo que le hago, pero por dentro se pica, le da mucha rabia.
-A mí no me parece superdivertido.
Guillaume se encogió de hombros.
-Hoy y mañana te quedarás en el hotel, Jean-Michel te ha castigado -lo informé.
Después de que el joven protestase, volvimos a comer. Guillaume miró con burla a su hermana, pero ella no se fijó en él.
-Yo me quedaré con Guillaume esta tarde -comentó Jean-Michel, al cabo de un rato-. Volveré al pub, pero... no abre tan temprano.
-¿Los demás podemos salir? -pregunté.
-Por cerca y... a las siete y media aquí.
-De acuerdo -dije.
Decidimos esperar un poco antes de salir, todavía era muy temprano. Jacqueline le pidió a Guillaume la videoconsola portátil para jugar conmigo. Guillaume se negó a dejárnosla, descaradamente, pero Jean-Michel estaba delante y nos dijo que podíamos usarla. Jacqueline le tendió a Guillaume las llaves de la habitación y el joven subió a buscar la videoconsola. Los demás nos quedamos esperando en la zona de las comidas, pero como el jovencito no aparecía, Jacqueline y yo fuimos a buscarlo. Entramos en la habitación y él nos recibió de malas maneras.
-Ah, sí, la videoconsola -dijo.
Cogió un balón de fútbol y añadió:
-Vale, esto no es...
Parecía que seguía buscando la videoconsola, pero se hizo de nuevo con el balón y lo lanzó con el pie, propinándole un balonazo a Jacqueline en el vientre. Ella se inclinó hacia delante y se quedó de rodillas en el suelo. Yo ni siquiera estaba dentro de la habitación. Entonces pasé y le rodeé los hombros con el brazo. Intenté ayudarle a incorporarse, pero ella se sentó en el suelo.
-Eh, traedme el balón que me lo tiene que firmar alguna estrella de fútbol -intervino Guillaume.
Tuve que contenerme para no darle un balonazo. No toqué el balón y el muchacho se acercó a cogerlo.
-¡Eh, tíos, no lo he hecho a propósito! -dijo Guillaume-. ¿Vale?
No supe si creerlo o no. Seguí ocupándome de Jacqueline, que respiraba entrecortadamente y se tocaba la barriga.
-¿Estás bien? -le pregunté.
-No -me dijo.
Gimió de dolor repetidas veces. Pasaron varios minutos y llegó Jean-Michel, que se quedó en el vano de la puerta.
-¿Qué pasa? -preguntó.
-Que el balón... -se apresuró a responder Guillaume- bueno, que...el balón rebotó en la atmósfera y... le dio a Jacqueline en la tripa.
-¡En la atmósfera vas a rebotar tú! -exclamé.
Entre Jean-Michel y yo le ayudamos a Jacqueline a levantarse. La joven se sentó en la cama y tardó poco en recuperarse; fui a tomar el aire con ella a la entrada del hotel.
-Podemos suspender el paseo si te encuentras mal -le dije.
-No. Fue en el momento, ahora ya estoy mejor.
Esperamos un poco y luego cogimos un autobús. Nos detuvimos en un lugar desde donde se veía el mar embravecido. Allí le dije cosas románticas que no sabría repetir luego, frases que me salieron solas al encontrarme junto al mar, pero que me costaría elaborar si me hallase en otro sitio.
No sé exactamente cuánto tiempo pasamos allí; de pie, agarrados a una barandilla de seguridad para no caer al mar, sentados en un banco, dando pequeños paseos... Me sentí muy compenetrado con ella y me gustaría quedarme allí durante más tiempo, pero el cielo estaba muy nublado y ella sugirió que nos fuésemos. La cogí de la mano y volvimos a la parada de autobús. Dentro del vehículo me senté enfrente de ella y le pregunté qué tal se lo había pasado. Dijo que muy bien y la creí.
La lluvia comenzó a golpear con fuerza los cristales del autobús. Deseé que el tiempo mejorase para cuando llegásemos a nuestra parada, pero todo parecía indicar que no tendríamos suerte. Me fijé en dos chicos, uno blanco y otro negro, que iban de pie dentro del autobús y que miraban a Jacqueline con interés. En cada parada a la que llegaba el transporte yo me preguntaba si no se iban a bajar de una vez esos chicos, pero ellos seguían allí dentro. No dejaban de mirar a Jacqueline y hablaban, creo que sobre ella, aunque su tono de voz era bajo y no entiendo demasiado bien el inglés.
Por fin llegamos a nuestra parada, en donde también se bajaron esos dos chicos. Lamenté que siguiese lloviendo y que la parada no se encontrase más cerca del hotel.
Cogí a Jacqueline de la mano y anduvimos a paso rápido. Miré un momento hacia atrás y vi a los dos chicos del autobús seguir la misma dirección que nosotros. Sus respectivas sudaderas tenían capuchas y no se mojaban la cabeza. Seguimos andando, volví a fijarme en ellos, y no me gustó cómo miraban a Jacqueline. Entonces me detuve y la besé bajo la lluvia, cuando ya estábamos bastante cerca del hotel. Luego miré de reojo a los jóvenes y los noté desilusionados. Se fueron por otro camino.
Jacqueline y yo entramos en el hotel y me sequé la mano como pude para pulsar el botón del ascensor. A Jacqueline se le había ondulado el pelo con la lluvia. Yo me miré en el espejo del ascensor y me toqué el cabello, humedecido, para que me quedase de punta.
Jacqueline entró en su habitación y yo llamé a la puerta de la mía para que Jean-Michel me abriese. Así lo hizo, y me sorprendió verlo tan serio. Guillaume también estaba allí dentro.
-Vete a comprarme un sandwich al bar, espera allí hasta que esté listo y luego me lo traes -le pidió Jean-Michel a Guillaume.
El jovencito obedeció. Yo me quité la chaqueta y me dirigí al cuarto de baño para darme una ducha, pero Jean-Michel me agarró del brazo para retenerme.
-Deja en paz a Jacqueline -me dijo.
No entendí nada, no supe por qué me venía con eso.
-¿Cómo? -pregunté-. ¿Que la deje en paz? No le he hecho nada...
-Aparte de... cogerla de la mano, mirarla así...
-¿Mirarla así?
-¡Sí! -exclamó Jean-Michel.
-¿Cómo?
-De forma que... se nota que te interesa y... ¡acabas de besarla ahí fuera!¡Os he visto por la ventana! ¡Menos mal que Guillaume estaba entretenido y no se ha fijado!
Señaló decididamente a la ventana, de forma acusadora.
-¡Explícame qué ha pasado! -pidió.
-Bueno... -no supe cómo decírselo, así que comenté-: está bastante claro, creo que no necesita explicación.
Debió de creer que yo pretendía hacerme el chulo y me propinó un puñetazo en la barbilla.
-Salgo con ella, ¿vale? -respondí.
Noté el sabor de la sangre al hablar. Me había lastimado con los dientes por culpa del puñetazo.
Jean-Michel me miró con aire de suficiencia.
-Ya hablaré con ella, y en cuanto a ti... si es cierto lo que dices, pues puedes ir dejándola -comentó.
Y se fue, seguramente a hablar con Jacqueline. Yo me duché, pensando en lo injusto que estaba siendo Jean-Michel. Él iba a los pubs y conocía chicas... y yo no podía andar con su prima. ¿Qué se creía que le iba a hacer yo a Jacqueline? Yo no era peligroso. ¿Era él malo con las chicas, y por eso tenía miedo de que yo también lo fuese?¿Que por eso me convirtiese en un peligro para su prima?
Al salir del baño me encontré con Guillaume, sentado en mi cama y sosteniendo un plato con un sandwich.
-Jean-Michel me pidió esto y ahora se ha marchado -comentó el jovencito.
-Estará en tu habitación -respondí.
Quise que Guillaume entrase allí para que de esa forma la conversación entre Jean-Michel y Jacqueline se viese interrumpida. Y puede que diese resultado, aunque Guillaume regresó al poco rato, ya sin el sandwich.
-Jacqueline vino mojada y se estaba preparando para darse un baño -comentó Guillaume-. Estaba vestida, ¿eh?
-Ya, lo supongo, si te ha dejado pasar.
-Jean-Michel también estaba allí. Hablaban y... Jacqueline le decía: <
-Ya, claro que podía esperar. Que la deje tranquila.
Guillaume sonrió con picardía.
-Todos queremos que ese tío nos deje tranquilos -comentó-. ¿Nos vamos del hotel y lo dejamos solo? Le estaría bien. Siempre castigando, metiéndose en nuestra vida...
-Déjalo, Guillaume. No merece la pena.
Guillaume se encogió de hombros.
-Como veas -añadió-. Pero piénsatelo, ¿vale, Clerc? No somos sus esclavos.
-Ya lo sé, pero... hay que decírselo a la cara. Huir sería de cobardes.
Me pasé la mano por la barbilla. Jean-Michel no tenía derecho a darme puñetazos. No volví a verlo hasta la hora de la cena, él y Jacqueline ya estaban en el restaurante. Jean-Michel me mandó sentarme en diagonal con Jacqueline, para que no estuviese ni a su lado ni enfrente. De esta forma, yo tenía enfrente a Guillaume y a Jean-Michel al lado.
Comí bastante y no sé por qué, tal vez para demostrarle a Jean-Michel que yo era todo un hombre y que debería tener eso en cuenta si se iba a enfrentar a mí. Que supiese que yo no era ningún niño. Jacqueline, en cambio, revolvía la verdura de su plato con cara de náuseas. Me miraba mucho y eso irritaba a Jean-Michel, lo sé aunque él no lo expresase con palabras. Por su parte, Guillaume comía y no se fijaba en nosotros.
-¡¡Trágatelo de una vez!! -gritó Jean-Michel.
Me sobresalté porque no estaba atendiendo y no sabía a qué se refería. Pero miré rápidamente y me di cuenta de que estaba hablando con Jacqueline.
-¡Me pone de los nervios mirarte y que no comas! -añadió Jean-Michel.
-Pues tranquilo, no la mires y ya está -intervino Guillaume.
-Cállate -respondió Jean-Michel-. Escucha, Jacqueline...
-A mí también me pone de los nervios mirarte a ti -lo interrumpió ella.
Me quedé muy sorprendido porque era muy tímida y yo no estaba acostumbrado a oírla diciendo esas cosas.
-¡¡Pues vete!! -gritó Jean-Michel-. ¡Si te pongo nervioso, puedes irte!
Ella se levantó y se fue camino de las habitaciones. Su primo suspiró y se quedó sentado. A mí me habría gustado ir a hablar con Jacqueline, pero Jean-Michel se enfadaría muchísimo y era preferible no empeorar las cosas. A los pocos segundos, Guillaume se inclinó hacia delante y susurró, de forma que solo yo pudiese oírlo:
-Ella también está harta, ¿nos marchamos?
Supe que se refería a marcharnos del hotel y negué con la cabeza.
-Bueno, ya sabéis cómo son las mujeres -dijo Jean-Michel en voz alta.
Intentaba parecer tranquilo, pero yo sabía que no lo estaba. Entonces se me ocurrió algo para ir a hablar con Jacqueline.
-¿Puedo ir a llevarle la comida? -pregunté.
-No te molestes -respondió Jean-Michel, aunque sabía de sobra que no era una molestia-. Ya volverá ella.
Pero no volvió. Sin apenas prestar atención, miré cómo Guillaume se comía la verdura de su hermana, no le daba asco que ella la hubiese empezado. Y cuando por fin Jean-Michel me dejó marchar, subí las escaleras buscando a Jacqueline. Llamé a la puerta de su cuarto y ella abrió.
-Vamos al lado de la piscina -le dije-. Quiero hablar contigo sin que aparezca Jean-Michel.
Supusimos que Jean-Michel utilizaría el ascensor y por eso bajamos por las escaleras. Fue una gran suerte que ya no lloviese, pues nos quedamos al aire libre. Yo intenté parecer tranquilo y me senté con Jacqueline en un banco cercano a la piscina. El banco estaba seco, ya que se encontraba debajo de una especie de soportales.
-¿Quieres algo de comer? -le pregunté.
-No, ya comí antes unas patatas fritas.
-Vale. Oye, Guillaume se ha tragado tu verdura...
Le conté eso último para suavizar el ambiente, pero vi su cara y me callé.
-Tengo que hablar contigo -me dijo.
-Ya lo sé -respondí-. Jean-Michel nos ha visto cuando te di aquel beso y le he contado que eres mi novia. Me ha pedido que te deje, pero no lo voy a hacer, ¿de acuerdo? No tengas miedo.
-Es... peor, si cabe -dijo ella.
-¿Qué?
-Lo que me ha dicho a mí -explicó Jacqueline -. Me ha pedido lo mismo, pero además...
Estaba anocheciendo, no obstante noté que se ponía colorada.
-Venga, dímelo -la animé-. No me voy a burlar, sea lo que sea.
-Cuando... me prohibió seguir contigo... -jugueteó con los dedos- me dijo que... si quería andar con un chico... me dijo que podía andar con él, y... no sé si lo entiendes, no como primos, bueno, que... podía sustituirte.
Noté que se me helaba la sangre.
-¿Estás segura de que lo has interpretado bien, ha dicho esas mismas palabras? -quise asegurarme.
-Sí. Además dijo... que no importaba que fuésemos primos, que si yo quería... utilizó estas palabras, dijo que si yo quería, él podía <
-¿Qué pasó después?
-Me negué y se enfadó. Me habló como un maleducado, me dijo cosas que me hicieron sentir violenta... prefiero no repetir lo que...
-Por supuesto, tranquila.
-Y luego dijo que él tenía a muchas chicas detrás de él, y que si me lo proponía a mí era para que yo anduviese con alguien de fiar. Pero que si yo no quería, escogería a otra que lo valorase más.
Nos quedamos unos minutos en silencio. ¿A Jean-Michel le gustaba Jacqueline y por eso se enfadaba al saber que yo andaba con ella? ¿Pero por qué no había insistido? Si le gustase de verdad, no le habría dicho: <
-¿Crees que le gusto o que es todo un plan? -quiso saber Jacqueline.
Eso me estaba preguntando yo.
-Mira... no lo sé, pero... no se va a interponer entre nosotros -aseguré-. Pase lo que pase seguiré contigo. A mí sí que me gustas de verdad.
Al día siguiente Jacqueline y yo fuimos con Jean-Michel a visitar el estadio de Anfield, Guillaume se quedó en el hotel, castigado. Nos pidió que le consiguiésemos autógrafos de los jugadores, pero no vimos a ninguno. Sin embargo, me gustó el estadio. Mi equipo favorito es el Werder Bremen, pero soy simpatizante del Liverpool y me lo pasé estupendamente viendo el campo y el museo, además nos sacamos muchas fotos. Jacqueline se compró una visera y yo una bufanda. Jean-Michel parecía enfadado y no se compró nada. Lo que menos me gustó de todo fue que el joven me mirase de forma desafiante, que se colocase entre Jacqueline y yo todo el tiempo y que cogiese a su prima de la cintura.
Antes de abandonar el estadio, Jean-Michel nos comunicó que tenía que ir al baño, pero lo dijo de una manera más vulgar. Yo me quedé con Jacqueline y le comenté lo bonito que era el campo. Ella se mostró de acuerdo, pero noté que me miraba con cierta extrañeza.
-¿Tienes...? ¿Se te ha hinchado la barbilla...?
Yo notaba el dolor de vez en cuando. No me había detenido demasiado en ningún espejo, pero sí, debía de tenerla hinchada.
-Jean-Michel me lo hizo ayer -expliqué.
Ella se tapó la boca con la mano.
-No puedes permitírselo -dijo.
-Si lo intenta de nuevo, se la voy a devolver.
Jean-Michel volvió y cogió a Jacqueline de la cintura. Ella intentó soltarse y su primo sonrió al ver que no era capaz. Me entró una rabia tremenda, pero no supe qué hacer exactamente, solo miré a Jean-Michel de forma fría.
Volvimos a salir sin Guillaume por la tarde. Antes de conocer a Jean-Michel me habría costado creer que exisitía alguien más pesado que Guillaume, pero ciertamente, ese alguien era Jean-Michel. ¿Por qué no soltaba a Jacqueline de una vez? ¿Por qué la agarraba de la cintura o la cogía de la mano cuando sabía que ella estaba deseando soltarse?
Visitamos un museo acerca de los Beatles. Me resultó interesante, y lo habría disfrutado más de no ser por Jean-Michel. Yo intentaba observar una guitarra, por ejemplo, pero apartaba la vista del objeto expuesto, instintivamente si Jacqueline le decía a su primo: <
-Es que tenías una mancha -solía decir Jean-Michel.
Cuando llegamos al hotel, al terminar de ver la exposición de los Beatles, Jacqueline entró corriendo en su habitación antes de que me diese tiempo de hablar con ella. No escuché lo que le decía a Guillaume, pero sí al jovencito riéndose exageradamente. Luego Jacqueline gritó: <<¡No es una broma!>>. La hora de cenar se acercaba, y los hermanos Lebon salieron de su cuarto. Le pregunté a Jacqueline lo que ocurría y ella respondió:
-Nada, que le he contado a Guillaume lo que pasa con Jean-Michel.
Nos dirigimos los tres juntos a cenar (Jacqueline, Guillaume y yo) y vimos que Jean-Michel ya se encontraba en una mesa. Me agarró el brazo con fuerza y me obligó a sentarme a su lado, enfrente de Guillaume. Parecía que no iba a ocurrir nada molesto, Jean-Michel no le decía a Jacqueline ninguna tontería y Guillaume se estaba comportando. Sin embargo, en el medio de la comida, Guillaume saltó diciendo:
-Vais a tener hijos tontos.
Hablaba con Jacqueline y con Jean-Michel. Este último respondió:
-¡¡Guillaume, fuera!! ¡Vete de aquí! ¡Y mañana te quedas sin ver The Cavern!
-Bueno, sí. Ya iré yo por mi cuenta, primito. ¡Venga ya! ¿Me castigas por decir la verdad? Pues mira una cosa, me alegro de ser un chico. Así no te vas a enamorar de mí.
Jacqueline le dio las llaves de la habitación a su hermano y él se fue. Cuando Guillaume ya estaba lejos, Jean-Michel se levantó y agarró a Jacqueline de los hombros, pero no como muestra de cariño, sino amenazándola.
-¡¿Pero qué haces?! -gritó él, antes de soltar un insulto no demasiado fuerte, pero que ella no se merecía, el cual no voy a plasmar aquí -. ¡¡¡Se lo has contado!!!
Le tiró de la chaqueta con mucha fuerza.
-Jean-Michel, para, déjala ya -le dije, de la forma más tranquila que pude.
Todo el mundo nos miraba, por supuesto. Jean-Michel seguía agarrando la chaqueta que su prima llevaba puesta.
-Tío, suéltala -le pedí-. La gente nos mira. Como continúes, todo el mundo se creerá que le quieres hacer daño en serio. Déjala antes de que alguien llame a la poli.
Y Jean-Michel la soltó. Sin embargo, siguió mirándola con la misma furia que antes. Y le preguntó, jadeando:
-¿Se lo has contado también a Joachim?
Ella asintió con la cabeza. Jean-Michel profirió el mismo insulto que antes, pero ahora susurrándolo.
-Te vas a enterar -añadió.
Se sentó y continuamos comiendo, completamente en silencio. Al terminar la cena Jean-Michel abandonó el hotel sin explicar adónde iba. Guillaume estaba en la habitación, enfadado, diciendo cosas contra su primo. Jacqueline llamó a la puerta para pedirle la videoconsola, pero el jovencito preguntó:
-Venga, ¿para qué la videoconsola? ¿No prefieres que elaboremos un plan para largarnos de aquí?
-¿Para ir adónde? -dijo Jacqueline.
-¿Te interesa? ¿En serio? Solo te lo contaré si vas a llevar el plan a cabo. Si no, si es para contárselo a Jean-Michel, no soy tonto, no te contaré nada.
-Bueno, mira, da igual -respondió Jacqueline.
Se quedó fuera de la habitación, con la mirada perdida.
-¿Quieres que vayamos a algún lado? -le dije-. Ahora que Jean-Michel no está...
-Vamos.
No parecía muy convencida.
-¿No te apetece? -pregunté.
Se encogió de hombros.
-¿Estás bien? -insistí.
-¡¿Qué va?! -intervino Guillaume-. Estará enfadada con Jean-Michel, como yo.
Jacqueline y yo estábamos fuera de la habitación, y Guillaume dentro. Yo cerré la puerta para que Guillaume no nos escuchase.
-Dime cómo te sientes, eso puede ayudarte -comenté-. Si quieres.
-Estoy muy triste -respondió Jacqueline.
No me hizo falta preguntarle por qué.
-¿Puedo hacer algo para ayudarte? -dije, en cambio.
-No. Es Jean-Michel...
-Cuando volvamos a París, no volverá a molestarnos -traté de animarla.
-Pero... yo quería pasarlo bien aquí. Y... en París, si le da la gana de ir a mi casa... es mi primo.
-Cuando tengamos tiempo libre, yo iré a tu casa. Y cuando estés ocupada, no creo que él vaya a interrumpirte. Obtendría mala fama. En cuanto a estos días en Liverpool... siempre encontraremos algún momento en el que nos libremos de él. Como ahora. ¿Qué quieres hacer?
Jacqueline sonrió, vi que estaba animando, al menos un poco.
-Vamos a la playa -propuso.
-¿La playa? ¿Ahora? Creo que queda lejos desde aquí.
-Podemos ir en coche -sugirió-. Los alquilan aquí al lado.
Sonrió de nuevo al observar mi cara de sorpresa.
-Bueno, conducir un coche con el volante en la derecha -dije-. Se me va a hacer rarísimo. Y... conducir por la izquierda.
Jacqueline me agarró la manga de la chaqueta.
-Vámonos antes de que llegue Jean-Michel -apremió.
Me dejé llevar y bajé las escaleras con ella. Salimos del hotel y me enseñó el lugar de alquiler de vehículos. Compramos un plano de Liverpool y alrededores y nos marchamos en un Renault pequeño, de color blanco. Jacqueline leía el plano y me indicaba qué carreteras tomar para ir a la playa.
-Pensaba que no eras así de rebelde -le comenté.
-No es ser rebelde -me contradijo-. Sé que a Jean-Michel no le va a hacer gracia, pero... ¿qué más da? Me trata injustamente, no le debo nada.
Seguimos lo que indicaba el plano y llegamos a la playa tan pronto como pudimos. Estaba desierta, como yo suponía. Primero observamos el mar desde un paseo y luego Jacqueline se dirigió a unas escaleras que conducían a la arena.
-¡Eh! ¿Quieres tomar el sol? -bromeé-. Espérame, vamos ahora.
La agarré de la cintura, estando yo detrás.
-Cuidado con el agua -añadí-. Aún no hemos hecho la digestión.
La arena que pisamos nada más llegar estaba mojada y seguimos andando hasta dar con la seca. Luego me senté, sobre la arena, y Jacqueline me imitó, sin miedo a ensuciar sus pantalones vaqueros.
Ella bromeó acerca de cómo pronunciaba yo el inglés. <
-Me gustaría dibujar algo de por aquí, ¿te importa? -pregunté.
-No, claro que no. Dibuja.
Ella se quedó mirando cómo hacía yo para plasmar el paisaje en el papel. Estaba oscureciendo, cada vez se veía menos, y Jacqueline intentó iluminar el cuaderno con su móvil.
-Venga, déjalo y coge el mío -le pedí-. No merece la pena que gastes la batería de tu móvil en esto.
Ella dijo que no importaba, pero cuando le pasé mi móvil lo sostuvo y guardó el suyo. Sin embargo, al cabo de diez minutos lo soltó de repente, cuando el móvil empezó a sonar.
-Perdona, me ha dado un susto, no me esperaba que sonase -dijo, mientras lo cogía de la arena.
Me lo pasó y hablé con mi padre. Me preguntó qué tal y yo le conté los lugares que habíamos visitado.
-Ahora estoy con Jacqueline en la playa -le expliqué.
-¿Y los demás? ¿Ese profesor de inglés, y... el hermano de Jacqueline?
-No, no están aquí. Hemos venido ella y yo solos.
-Ella sabrá más inglés que tú, ¿no? Porque si no, mal vais.
-Bueno, yo también me entiendo algo, ¿eh? He sabido alquilar un coche.
Escuché ruido de fondo, seguro que mi padre se encontraba en el bar.
-Mira, Joachim... que me han venido clientes -dijo-. Ya hablaremos otro día, ¿vale? Y... cuida bien de Jacqueline.
-Sí, claro. Hasta luego.
Jacqueline se quedó mirando para mí después de que yo colgase el teléfono.
-Era mi padre -expliqué.
-Y no le importa que andes conmigo.
-¡No! Eso es guay, aprueba mi decisión.
-Ojalá Jean-Michel fuese así.
Asentí con la cabeza. Dibujé un poco más y luego quise ir a mojar los pies en el mar. Me descalcé y me eché a correr. Jacqueline vino detrás de mí.
-¡Joachim! ¡Eh! ¿Qué estás haciendo? -gritó.
-¡Voy a mojar los pies!
Me remangué los pantalones al acercarme a la orilla. Noté el agua tan fría que me dolieron los pies. Miré hacia atrás, Jacqueline venía corriendo, se hallaba a unos cuantos metros de mí. Aún no se había descalzado.
-Eh, ¿quieres que te cuente una cosa? -pregunté.
Ella se acercó corriendo y se quitó los tenis y los calcetines.
-Dime.
-Que tu primo ha traído un bañador en la maleta. ¿Va a bañarse en esta "nevera"? Espera, ten cuidado -añadí-. Prepárate, está helada.
El mar mojó los pies de Jacqueline y ella retrocedió.
-Fría, ¿verdad? -comenté.
-Sí, mucho. Madre mía, está helada. ¿Qué dices, que mi primo se va a bañar aquí?
-Bueno... esa sería su intención -supuse.
-Pues vaya, no creo que lo haga. Tendrá que ir a una piscina.
Al cabo de unos minutos decidimos marcharnos, después de dar varios paseos por la orilla. Intentamos limpiarnos los pies contra una roca, pero llenamos nuestros respectivos calcetines de arena. Subimos al coche, lo devolvimos en el lugar en el que lo habíamos tomado prestado y regresamos al hotel. Pasaba un poco de las diez y media de la noche.
-¿Ya estás contenta? -le pregunté a Jacqueline en el ascensor del hotel-. Ya verás cómo se va a poner Jean-Michel.
Pero esta vez Jean-Michel no gritó por ese motivo. Entré en en cuarto que compartía con él y lo vi tirado en su cama.
-¿Has estado con ella? -me preguntó.
-Sí.
No quise mentir.
-Desoyendo las normas, qué cara -comentó-.¿Dónde está ella ahora?
-¿Por qué quieres saberlo? -dije-. Si es para insultarla y agarrarla, paso de contártelo.
-No es para eso. Más bien... bueno, mira, ¿para qué te lo voy a decir?
-Exactamente, ¿para qué te voy a indicar yo su paradero?
-Pues haz lo que quieras, "Clerquie". Porque mira, por el hotel andará así que... no me resultará difícil encontrarla.
Sonreí con algo de burla. ¿"Clerquie"? Era la primera vez que alguien me llamaba eso. El diminutivo de mi apellido, menuda payasada.
Jean-Michel salió de nuestro cuarto, pero volvió a entrar a los pocos minutos.
-¿Qué tal te ha ido? -le pregunté.
-Bueno... Guillaume me ha respondido desde dentro de la habitación. Me ha dicho que Jacqueline estaba encerrada en el baño, poniéndose el pijama. Y yo... le he dejado una nota.
-¿Una nota?
-Sí. Prohibiéndole terminantemente que les cuente a sus padres que... estoy enamorado de ella. Espera. A lo mejor ya ha terminado de vestirse y me deja pasar.
Abandonó la habitación y yo detrás de él. Jean-Michel se inclinó y leyó la respuesta de Jacqueline. <
Jean-Michel dio un puñetazo en la puerta y gritó: <<¡¡Cobarde tú, niña asquerosa!! ¡¡¿Por qué no das la cara?!! ¡¡Sal de ahí si te atreves!!>>.
-Tranquilo, Jean-Michel -intervino Guillaume, desde dentro de su cuarto-. Hay gente en el hotel que tiene que madrugar mañana. Déjate de gritos.
Sonreí. Era el mundo al revés: Guillaume reprendiendo a su primo mayor.
Al día siguiente alguien llamó a la puerta de mi habitación antes de las nueve. Mi cama era la más cercana a la puerta, por eso Jean-Michel me pidió con voz ronca: <
-Guillaume se ha marchado -me dijo.
-¿Cómo? -pregunté-. Iría a tomar algo...
-No. He encontrado esto sobre su cama.
Me enseñó una nota que había escrito su hermano.
<
Guillaume-Thomas>>.
Corrí a enseñarle el papel a Jean-Michel. Lo leyó rápidamente, y al contrario de lo que yo pensaba, no comenzó a gritar insultando a Guillaume. Se dirigió a Jacqueline y le preguntó:
-¿No lo has visto marchar?
-Hace... no sé cuánto tiempo, oí ruido y... me dijo que iba a comprar una botella de agua. Yo estaba medio dormida y le dejé marchar. Volví a dormirme, ahora acabo de despertarme y... solo he encontrado esa nota. Creo que va en serio, porque se ha llevado la maleta. ¡Ah! Y... he intentado llamarlo por el móvil, pero lo tiene apagado.
Jean-Michel escuchó a su prima con atención.
-Bueno, vamos a ver, ve a cambiarte de ropa -le dijo-. Nosotros también nos vamos a preparar para salir a buscarlo.
Así lo hicimos. Cuando ya estuvimos todos listos para salir, nos reunimos en el pasillo.
-Jacqueline, tú te vienes con uno de nosotros -dijo Jean-Michel.
-Con Joachim -murmuró ella.
Jean-Michel pareció desesperarse, pero no protestó.
-Está bien. Entonces... vosotros vais por un lado y yo por otro. Yo iré al puerto... esperad, ¿tenéis un plano?
Jacqueline corrió a buscar el suyo. Fuimos señalando lugares y decidiendo quién iba a buscar en cada lado.
-Esto puede quedar así -concluyó Jean-Michel-. Ante cualquier novedad, llamadme, yo haré lo mismo. Por favor, Jacqueline, ¿puedes ir a bajar a comprar tres bocadillos? No hay tiempo de que nos paremos a desayunar.
Jacqueline bajó en el ascensor.
-Joachim, por favor, cuídala bien -aprovechó para decirme Jean-Michel-. No la pierdas de vista nunca. No os separéis. No quiero que se pierda también ella, si supieras cuánto la aprecio...
-Yo también la aprecio, cuidaré de ella mejor que de mí mismo -respondí.
Él asintió con la cabeza. Jacqueline volvió con los bocadillos, y antes de que Jean-Michel y nosotros tomásemos caminos diferentes, él abrazó a su prima y la besó en la mejilla.
-¿Vas bien abrigada, cariño? -le preguntó.
Pero no de forma burlesca, ni con actitud romántica, sino que la trató como lo que era: su primita. Era una forma de pedirle perdón por los insultos del día anterior.
-Sí -respondió Jacqueline, algo confusa.
-Volvemos todos aquí a la hora de comer -recordó Jean-Michel.
Me tocó en el hombro, como despedida, y nos separamos de él. Yo tuve una idea.
-Guillaume dijo... Jean-Michel lo castigó sin ver The Cavern, ¿no? - le comenté a Jacqueline-. Y Guillaume dijo: <
-No sé, Joachim, puede ser. Puede estar en cualquier lado pero... no creo que ande cargando con su maleta, ¿no? ¿Dónde crees que la ha dejado?
-Ni idea. No creo que tenga tanta pasta como para ir a un hotel, ¿qué te parece?
-Lo mismo. Oye... vamos a ir adonde dices tú. Está en la lista de sitios en los que debemos buscar. Luego ya veremos.
Fuimos al local del alquiler de coches, y una vez que terminé de comer mi bocadillo, entramos en el vehículo y nos dirirgimos a The Cavern. Jacqueline iba comiendo su bocadillo de jamón y queso en el coche. A los del negocio del alquiler no les haría gracia que la gente comiese dentro, pero no había tiempo que perder.
Aparcamos el coche a varias calles de distancia de The Cavern. Cuando entramos en el local, lo primero que hicimos fue buscar a Guillaume, pero sin resultados. Yo me quedé mirando el interior del pub, con asombro.
-Aquí tocaron los Beatles por primera vez -le comenté a Jacqueline-. Si tuviéramos una máquina del tiempo para retroceder a los años 60 y verlos tocar... y luego volveríamos al presente para seguir buscando a tu hermano.
-Estaría muy bien, pero me habría dado miedo -respondió ella-. Si la máquina del tiempo se estropease, nos quedaríamos en los años 60 sin poder regresar al presente. Sería terrible.
-Es cierto. Pero al menos, estaríamos juntos.
Dimos una vuelta por el local, y ya que estábamos allí, compramos recuerdos.
-Voy a mandarle un mensaje a Guillaume -dijo Jacqueline-. Pero... no creo que me diga dónde está.
-Bueno, por probar...
Ella sacó el móvil, y en el mensaje le preguntó simplemente si se encontraba bien. Volvimos a subir al coche, pensando cuál sería nuestro próximo lugar de destino.
-¿Qué te parece Anfield? -propuse-. A Guillaume le gusta el fútbol, ¿no?
-Sí. Pero me parece que prefiere el Everton antes que el Liverpool.
-¡Qué pardillo! Pero bueno, vamos al estadio del Everton, entonces.
Jacqueline me dio instrucciones mirando el plano.
-¿Tú que prefieres, el Liverpool o el Everton? -le pregunté.
-¡El Liverpool! Tienen a ese centrocampista...
De repente di un frenazo, me pareció ver a un chico con una maleta como la de Guillaume. Me fijé más y vi que no era él, sino que se trataba de un muchachote de más edad, y percibí el detalle de que la maleta no era exactamente igual a la del hermano de Jacqueline.
La joven miró el móvil, Guillaume acababa de responder a su mensaje. <
Aparqué en la acera para que Jacqueline respondiese con más comodidad. Decidió hacer una llamada, y aunque Guillaume tardó en coger, terminó haciéndolo.
-Estoy sola con Joachim -le explicó Jacqueline a su hermano.
-...
-Buscándote en el coche, ¿y tú?
-...
-Ya supongo que estás en Liverpool, pero, ¿en qué parte?
-...
-¡No, no es una trampa! ¡Jean-Michel no está aquí!
-...
-¿Y qué quieres que hagamos, entonces?
-...
-¡No! ¡No podemos hacerlo!
Jacqueline apartó el móvil de la oreja.
-Me ha colgado -explicó-. No quiere contarme dónde está por miedo a que yo se lo diga a Jean-Michel. Guillaume estaría dispuesto a reunirse contigo y conmigo para escaparnos los tres en avión. Como tú sabes alemán, quiere que nos vayamos a Alemania. Sin decirle nada a Jean-Michel.
-Bueno, ¿y qué hacemos? -le pregunté-. ¿Seguimos camino del estadio o fingimos que aceptamos su propuesta para que nos diga dónde está?
-No, eso último no. Sería jugar sucio, y además, Guillaume no volvería a confiar en nosotros.
-¿Le contamos esto a Jean-Michel?
-Mejor no -decidió Jacqueline-. Creo que... si alguien puede hacer volver a Guillaume, somos tú y yo. Jean-Michel solamente hará que Guillaume se aleje más. A mí me parece que lo más lógico es que sigamos camino del estadio, ¿estás de acuerdo?
-Sí. Vamos allá.
Avanzamos en el coche, el estadio ya se veía de lejos. Yo andaba buscando un hueco donde aparcar y Jacqueline me dijo:
-Tengo que bajarme, necesito ir al baño.
-Oye... espera a que aparque y... luego ya iremos por ahí a algún lado.
-Tengo que bajar -repitió-. Vuelvo enseguida.
-¿No puedes esperar?
-No. Llevo un rato esperando porque vi que no había buenos sitios para dejar el coche. Déjame bajar ahora.
-Vale, está bien. Baja, yo voy a ver si aparco por aquí cerca.
Ella salió del coche y yo pude aparcar allí mismo al cabo de unos minutos; cuando quedó una plaza libre. Apoyé la cabeza en el respaldo... y vi a Guillaume andando hacia el estadio todo lo deprisa que le permitía la carga de la maleta. No supe qué hacer, era mejor que Guillaume no me viese, pero, ¿cómo seguirlo sin ser visto? Cogí mi móvil torpemente, sin perder a Guillaume de vista, y llamé a Jacqueline. Creí que no me iba a coger, tardó muchísimo en contestar.
-Sí, Joachim, ¿qué pasa? -dijo por fin.
Se lo expliqué.
-Ven lo más rápido que puedas -añadí.
-Ahora estoy en el baño. Voy... ¿En dónde tienes el coche?
-En donde te has bajado.
Noté que seguir a Guillaume era muy urgente.
-Mira, yo me voy detrás de él -decidí-. Tú vete hacia el estadio, ¿de acuerdo?
-¿Y si hay mucha gente y no te veo?
Recordé que Jean-Michel me había pedido que no me separase de Jacqueline en ningún momento. Bueno, ella había ido al baño. Y ahora, de acuerdo, esperaría por ella para perseguir a Guillaume.
-Pues vuelve al coche y vamos juntos -le dije-. Me encuentro justo donde antes. Si estás perdida dímelo por el móvil, pero no creo que haya problema. Nos vemos ahora mismo.
-Sí, de acuerdo. Voy ahora.
Yo tenía un pequeño problema. Jacqueline debía verme, pero Guillaume no. Entonces, ¿qué debía hacer yo? ¿Salir, a riesgo de que Guillaume me viese; o quedarme en el coche, de forma que tal vez Jacqueline no me encontrase? Decidí bajar del vehículo y quedarme de espaldas al estadio para que Guillaume no me pudiese ver la cara. Yo a él ya lo había perdido de vista.
Al cabo de muy poco tiempo vi a Jacqueline salir corriendo de un restaurante. Agité la mano en lo alto y la joven me vio enseguida.
-¿Estás bien? -le pregunté-. Tardaste en coger el teléfono...
-Perdona, estaba en el baño cuando me llamaste -explicó-. Sí, estoy bien.
La cogí de la mano y nos acercamos al estadio. Yo era capaz de correr más rápidamente que Jacqueline, pero me adaptaba a su ritmo.
-¿Qué vamos a hacer? -se interesó ella, entre jadeos-. Si vemos a Guillaume, ¿le hablamos, lo perseguimos hasta... no sé dónde?
-Mi idea es que nos acerquemos a él por detrás y... agarrarlo de tal forma que no se pueda escapar.
Acababa de inventarme ese plan.
-Pues que tengas suerte -respondió Jacqueline.
-¡Eh! Vale, lo haré yo, pero... échame una mano para que no se escape.
-Pero Joachim, va a parecer que lo estamos secuestrando. Él ofrecerá resisitencia.
-Déjame intentarlo.
Seguimos corriendo hasta que Jacqueline me mandó parar. Yo creí que estaba muy cansada, pero no era eso. Se detuvo porque acababa de ver a Guillaume en una tienda de recuerdos. El jovencito observaba con interés una bufanda del Everton.
-¿Qué vas a hacer? -me preguntó Jacqueline-. ¿Vas a agarrarlo por detrás aunque el vendedor esté mirando?
-No. Vamos a esperar a que salga de ahí.
Varios segundos más tarde, Guillaume avanzaba triunfante con su nueva bufanda del equipo. Venía frente a nosotros y de repente nos vio. Sin dudarlo, se echó a correr en la otra dirección. Él estaba en desventaja, ya que debía arrastrar su maleta de ruedas. Yo tiré de Jacqueline y me eché a correr con ella, detrás de Guillaume. No nos costó darle alcance, yo pronto lo agarré de la cazadora para frenar su marcha.
-Tíos, ¿qué hacéis? -preguntó Guillaume-. ¿Aceptáis, queréis que vayamos los tres juntos a Alemania?
-No podemos -intervino Jacqueline-. Si mamá y papá se enteran, no te comprarán más juegos para la videoconsola.
-¿Pero por qué? -protestó Guillaume-. Joachim sabe alemán, no tienen por qué enfadarse.
-¿Y Jean-Michel? -preguntó Jacqueline-. ¿Qué pasa con él?
-¡Ah! ¡¡Bueno, vaya!! ¡¡Te gusta!! ¡Joachim, tienes competencia!
-No, no me gusta -respondió Jacqueline-. Pero quiero decir que si papá y mamá se enteran de que nos hemos escapado de él, no te comprarán juegos para la videoconsola.
-¿Y qué? El viaje a Alemania merece la pena. Aunque tenga que renunciar a los juegos por él.
Yo acababa de tener una idea intermedia, por así decirlo, entre el deseo de Guillaume, que era huir de Jean-Michel, y el nuestro, que era volver con él al hotel.
-Te propongo algo -le dije-. Nos quedamos en Liverpool, los tres, pero en un hotel en el que no esté Jean-Michel. Pasaremos en Liverpool el resto de la semana, y cuando tengamos que volver a París, nos reuniremos con Jean-Michel en el aeropuerto para hacer juntos el viaje.
Guillaume se quedó pensando, no respondió en el momento, pero Jacqueline sí expresó su opinión.
-Joachim, para, para -dijo-. ¿Cómo vamos a hacer? Aparte de que tendríamos que volver al hotel de antes a cancelar la reserva de los días que no vamos a estar y... a coger nuestras maletas... si mis padres se enteran de esto, no me dejan volver de viaje en la vida. Si huimos de Jean-Michel mis padres se van a enterar, Jean-Michel va a decírselo.
-Pues tú no te metas en problemas -respondió Guillaume-. Lo que dice Joachim me está gustando, pero tú, si quieres, vuelve con Jean-Michel.
-No. Sola con él no -dijo Jacqueline.
-Cada uno en su cuarto, ¿eh? -insistió Guillaume.
-Ya lo sé, solo faltaba, pero se va a portar fatal si no estáis vosotros. A la hora de comer, y todo eso.
Nos quedamos unos momentos en silencio. Yo trataba de encontrar otros métodos de hacer volver a Guillaume, de solucionar las cosas entre él y su primo mayor.
-A lo mejor Jean-Michel cambia de opinión y te lleva a un pub para conocer chicas-intenté convencerlo-. Mira, con él puedes pasarlo guay, pero con nosotros... nosotros no vamos a ir a pubs. Solamente... paseos románticos. Si vuelves, Jean-Michel cancelará todos los castigos que te había puesto y... te llevará a un montón de lugares divertidos.
Guillaume se encogió de hombros.
-Bueno... hablaré con él por teléfono -dijo-. Tiene que prometérmelo. Y si no cumple sus promesas, se lo diré a mamá y papá. Y volveré a escaparme si no quedo satisfecho.
Y llamó a su primo por el móvil.
-Sí, mira, soy Guillaume -dijo.
-...
-Por aquí, dando un paseíto. Mira... una cosa: tengo pensado volver, pero... con condiciones.
-...
-Pues... que me levantes los castigos... y que salgas conmigo para divertirnos.
-...
-Adonde sea. Es hora de que dejes en paz a Jacqueline y te busques a otra.
-...
-Prométemelo.
-...
-Vale, pero si no lo haces, les contaré a mis padres que no cumples las promesas. Y de paso les diré que te mola Jacqueline.
-...
-Entonces hay trato. Voy para allá.
Guillaume colgó y nos miró, sonriendo.
-Soy capaz de manipular a personas que me llevan más de diez años, y eso que este tipo es profesor.
-Bueno, pero lo has logrado porque él tiene cosas que perder -comenté, pensando en la atracción de Jean-Michel por Jacqueline.
-Todos tenemos algo que perder -respondió él, misteriosamente.
Subimos todos al coche que yo había alquilado, con la intención de volver al hotel. Guillaume contó cosas graciosas por el camino. En el fondo, cuando estaba de buen humor, era un chico muy simpático.
En mitad del camino a Jacqueline le sonó el móvil, acababa de recibir un mensaje. La chica se puso seria. Yo estaba conduciendo, pero me di cuenta de que ella lo leía con atención y gravedad. Luego apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos, preocupada, me parece.
-¿Qué pasa? -me interesé.
-Un mensaje de Jean-Michel. No es nada grave, pero... no sé por qué me dice esto... No sé qué hacer.
-¿Puedo saber qué te cuenta? -pregunté.
-Sí, léelo tú, si puedes parar un momento.
Aparqué en una orilla de la carretera. Guillaume preguntaba con insistencia qué decía el mensaje, pero Jacqueline no quiso responderle. Sin embargo, la chica sí que me pasó el móvil a mí para que lo leyese.
<< Experimento un fuerte sentimiento hacia ti, creo que se está convirtiendo en una obsesión -contaba-.No es algo que haga a propósito, intento fijarme en otras chicas, pero no puedo, ahora solo me importas tú. Solo quiero que sepas cómo me siento, y lo que sufro por ti. No tardes en volver>>.
Supe que lo decía en serio, aunque me doliese. Pero tarde o temprano, esa obsesión se le pasaría y volvería a ver a Jacqueline como prima. Yo había experimentado una vivencia parecida el verano anterior, no con ninguna prima, sino con una joven que no conocía, en Alemania. La primera vez que la vi no me atrajo fuertemente. Estaba con su familia y alguien le llamó Hannah. Sin embargo, otro día volví a verla, y sentí ganas de hablar con ella. Me creí un inútil por no haber sido capaz de decirle nada, pero no se me había ocurrido nada coherente que contarle, ni que preguntarle. Ella tendría veintidós años, y yo acababa de cumplir diecisiete. Me consideraría un niño, no me tendría en cuenta. Volví a verla más veces, pero no hablé con ella. Sin embargo, me alegraba saber que se llamaba Hannah. Dios había querido que conociese el nombre de mi primer amor.
Hannah me gustaba muchísimo, y no quería pensar que pasado el tiempo, cada uno seguiría su camino. Al cabo de varios años, ella se casaría con un hombre que no iba a ser yo.
Volví a París y la obsesión se fue borrando. En Navidades regresé a Alemania y vi a Hannah otra vez. Fui capaz de comportarme con normalidad. Hannah me seguía cayendo muy bien, pero la obsesión había pasado.
-No tienes que hacer nada -le recomendé a Jacqueline-. Te ha expresado sus sentimientos y ya está. Las obsesiones se terminan curando con el tiempo.
A Jacqueline no le hablé de Hannah por miedo a que tuviese celos. Con Jacqueline todo había sido más fácil. Yo le llevaba ocho meses a ella; ya éramos amigos cuando empezó a gustarme, no tuve que inventar nada raro para que hablásemos, ¡porque ya nos conocíamos! Sin embargo, tal vez Jacqueline se desilusionase al saber que ella no era mi primer amor. Sí mi primer amor correspondido, pero no la primera que me había cautivado.
Arranqué el coche de nuevo. Guillaume volvió a preguntar qué decía el mensaje de Jean-Michel, y Jacqueline le respondió:
-Era una declaración de amor.
Su hermano se partió de risa.
Llegamos al hotel justo a la hora de comer. Fue muy tenso para todos. Jean-Michel y Jacqueline se miraban, ahora que él había expresado completamente sus sentimientos. Supe que Jacqueline quería decirle algo, pero no delante de Guillaume. Por eso, cuando este último fue un momento al baño, Jacqueline declaró:
-Si piensas que ahora voy a decir que te quiero, te equivocas. No puedo hacerlo.
-Lo comprendo -respondió Jean-Michel-. Solo quería que conocieses mis sentimientos.
Esa misma tarde Jean-Michel salió del hotel con Guillaume para divertirse. Yo fui por ahí con Jacqueline. Volvimos cerca del mar, y entonces sentí una gran necesidad de hablarle a Jacqueline de Hannah. El mar (al menos visto desde tierra) lo suavizaba todo. Soplaba una suave brisa. Me incliné un poco en el banco, volví a incorporarme y le pregunté a Jacqueline:
-¿Alguna vez te has fijado en un chico sin atreverte a decirle nada?
Ella me miró sorprendida. No comprendía mi intención, creo que se sentía como si yo la estuviese acusando.
-No va a pasar nada -añadí-. Solo es que me gustaría saberlo por curiosidad. Digas lo que digas, todo va a seguir siendo como hasta ahora.
-Sí, bueno... varias veces -se atrevió a admitir-. Algunas veces... era un chico guapo y nada más. Pero en un caso... el chico me gustó mucho e intenté ir a hablarle. Pensé en preguntarle la hora; ensayé un montón de veces, y cuando intenté ir a preguntárselo a él, no pude. Hice un gran esfuerzo, pero no fui capaz. Me sentí muy mal por eso durante algún tiempo.
-A mí me habría pasado lo mismo -comenté.
Le conté lo de Hannah y no se enfadó. Me sentí liberado, y tal vez Jacqueline también, al contarme lo de aquel otro chico.
Volvimos al hotel. Jean-Michel y Guillaume ya se encontraban allí, al primero se le ensombreció el rostro al ver a Jacqueline. Eso se repitió durante varios días. Jean-Michel había cambiado completamente de actitud; si antes agobiaba a su prima pasándole el brazo por la cintura, y cosas así, ahora evitaba cualquier tipo de roce. Y solo hablaba con ella para lo estrictamente necesario.
Sin embargo, al final de la semana las cosas cambiaron. Jean-Michel salió por ahí con Guillaume, otra vez, y yo vi al primero de ellos con la sonrisa pícara que lo había caracterizado hasta hacía poco tiempo.
-Joachim, tienes que venir a...-me dijo-. Bueno, no sé si te interesará saberlo, pero, ¡Es que he hablado con una chica más guapa en la piscina...!
Lo observé, preguntándole con la mirada <<¿Y qué pasa con Jacqueline?>>. Él me entendió.
-Bueno, Jacqueline ya sale contigo, ¿no? -comentó.
-Sí. Pero antes no parecía importarte.
-Era... depresión, una obsesión que se formó mediante factores depresivos...
-Bueno, pues mejor, si ya se te ha pasado.
Me guiñó un ojo y todos aprovechamos el tiempo que nos quedaba en Liverpool, pasándolo maravillosamente.
