martes, 22 de septiembre de 2009

El chico que seguía dibujando

Pasé un fin de semana entero sin ver a Joachim Clerc. El viernes mis padres me preguntaron quién me había traído a casa después del baile. "El chico de mi clase que vino a arreglar la instalación eléctrica" -les expliqué. Sabían que yo no había ido al baile con él y pidieron más detalles.
-No estuvimos juntos en el baile, pero luego fui con él a un futbolín y... al Sena -me limité a contestar-. Tiene coche y no bebe cuando conduce.
También me había salvado de unos gamberros, pero no tenía ganas de explicarlo esa noche, porque decirlo conllevaría quedarnos hasta la madrugada hablando de los maleducados que se habían metido conmigo.
Joachim me había hablado varias veces del bar de su padre, pero nunca me había indicado su localización. Eso fastidió mi plan de acercarme por allí el sábado para ver si por casualidad me encontraba con el joven.
De cualquier forma no hubo problema, ya que el lunes volví a verlo en su pupitre de siempre, pegado al mío. Estaba dejando un bigote y una perilla finísimos y ese cambio me gustó, anteriormente siempre lo había visto afeitado. Por otra parte, lo encontré bastante nervioso. Intentaba dibujar en su cuaderno y no dejaba de morder la parte superior del lápiz.
-Buenas, Jacqueline, mira... a la hora del recreo tenemos que ir a hablar un momento con el director -me informó.
-¿Por qué?
-No te alarmes, es por Olivier y esos imbéciles. Como te colgaron de las espalderas; Olivier te obligó ir al baile con él, te besó a la fuerza... he hablado con el director y tenemos que ir todos allí un momento a contarle qué ha pasado. Seguro que los castiga y ya está.
Creí que Joachim me hablaría de cómo lo habíamos pasado el viernes después del baile, por ejemplo. Que no comenzaría de golpe hablando de esos sinvergüenzas que me ponían de los nervios.
-Ah, he escuchado varias canciones del cantante ese que te gusta -comentó mi compañero de pupitre-. Están bien, son chulas.
No supe qué contestarle. Saqué los libros de la mochila y cuando me di cuenta ya tenía a Olivier a mi lado.
-¡Eh! ¿Qué es todo esto? -preguntó-. A la entrada, el de Historia me dijo que tenía que ir a hablar con el director a la hora del recreo. Me comentó algo de "la señorita Lebon". ¿Qué pasa nena? ¿Le has hablado mal de mí?
-Me he chivado yo, lo que tengas que decir dímelo a mí -intervino Joachim-. No vas a abusar más de ella, Olivier. O paras o te echan. Y no te quejes, si te has metido con ella, ahora pagas, ¿qué te creías?
Los dos se miraron con furia. Olivier se quitó la chaqueta y se remangó, y mi amigo se puso de pie.
-Venga, empieza -lo retó Joachim -. Sé defenderme.
Olivier dudó durante unos instantes. Joachim era muy alto, tal vez eso le daba miedo. Pero Olivier pareció comprender. Sonrió de forma muy pícara y escupió en el cuaderno de dibujo de Joachim, lo cogió y rompió varias páginas. Acto seguido lo tiró al suelo y lo pisó.
Joachim se enfadó muchísimo. Agarró por detrás a Olivier y le desgarró la camisa, creo que involuntariamente. Entonces Olivier se apartó, serio y sin atreverse a protestar; y Joachim se inclinó para recuperar su cuaderno. Cuando volvió al pupitre vi que estaba llorando. Lo acaricié en la mano derecha para que se tranquilizase, pero él no respondió de ninguna forma. Guardó los libros y el cuaderno de dibujo en la mochila y me pidió:
-Diles... a los profesores... que yo me encontraba mal. Por favor. Al fin y al cabo es cierto.
-Joachim...
-Te acompañaré a la hora del recreo, te lo prometo.
Diciendo esto se marchó. Cuando llegó el profesor, Olivier acusó a un Joachim ausente de haberle roto la camisa. <> -añadió. Yo sentía rabia. Comprendía a Joachim, le gustaba muchísimo dibujar y no soportaba que un sinvergüenza le hubiese destrozado su cuaderno. Además, Joachim había entrado en la pelea para defenderme a mí. Y ahora, según la versión de Olivier, mi amigo le había desgarrado la camisa sin ningún motivo. <> -había dicho Olivier.
-No, tú le pisaste el cuaderno -dije en voz alta.
Joachim me había bajado de las espalderas el viernes y había que devolverle el favor como fuese.
Olivier y el profesor me miraron y este último insistió en hablar con Joachim.
-Me dijo que se encontraba mal -expliqué.
El profesor le estaba dando más valor a mí versión que a la de Olivier. Como este no lo soportaba, optó por hacer gracia para ganarse a la clase.
-Sí, es verdad, parecía que iba a vomitar -dijo-. Ya debió de ponerse así al levantarse por la mañana, ni siquiera ha podido afeitarse... ¿No le habéis visto la barbita de chivo?
Se rieron bastantes compañeros. Olivier me miró sonriendo y yo negué con la cabeza.
No logré prestar mucha atención en clase porque todavía le daba vueltas a lo ocurrido. Joachim había llorado. Yo lo consideraba todo un hombre, independiente, capaz de solucionar los problemas... y su llanto no me pareció negativo. Eso demostraba que el joven tenía sentimientos, y me gustaba. Otro factor que me impidió concentrarme totalmente fue que Olivier me envió una nota mientras el profesor mandaba realizar unos ejercicios.
<>.
Intenté responder de forma que le hiciese rabiar, y escribí esto:
<>.
Recibí esta respuesta: << Te voy a demostrar que si quiero sí que puedo dejar barba>>.
Joachim no asistió tampoco a la clase siguiente. Él me había dicho que acudiría a la hora del recreo y no lo dudé. Cumplió su palabra, me esperó fuera de clase. Fue conmigo al despacho del director sin decirme nada. El director estaba allí, los que faltaban era Olivier y sus dos amigotes. Esperamos unos minutos y entonces los jóvenes entraron con aire burlesco. Yo conté lo ocurrido y ellos intentaron quitarle importancia a lo que había pasado. <> -dijeron simplemente. Pero el director no aceptó esa simple disculpa; Joachim y yo nos marchamos mientras que los demás esperaban a conocer su castigo.
Nos reunimos con Antoine-François Blanc, el amigo de Joachim. Joachim no dejó de mirarme, como si quisiera decirme algo sin que Blanc se enterase. No parecía centrado en la conversación y su amigo le preguntó si le pasaba algo.
-Olivier me rompió el cuaderno -recordó Joachim, recuperando la rabia-. Pero supongo que eso no es nada en comparación con lo que le hizo a Jacqueline.
Ambos comenzaron a criticar a Olivier, y Joachim dejó de mirarme tan a menudo. Así se pasó el recreo. Justo antes de entrar en el gimnasio (teníamos deporte) mi amigo se calmó. Fue al vestuario de chicos y cuando salió de allí nos volvimos a ver.
-Me marché de clase porque no podía concentrarme en nada -me dijo-. Todo lo ocupaba el cuaderno, Olivier... y no podía dejar de llorar. Así no se puede estar en una clase. ¿Me dejas los apuntes?
-Sí, claro.
-Gracias.
-De nada.
Me tocó la espalda mientras me dejaba entrar en el gimnasio antes que él. Nos quedamos de pie en el fondo y Joachim se puso ligeramente colorado.
-El otro día dijiste que no te importaba quedar conmigo más veces -recordó.
Asentí con la cabeza.
-¿Es cierto, el viernes te lo has pasado bien? -se interesó.
-Sí, cuando me fui contigo y me libré de Olivier.
Sonrió por primera vez en ese día.
-Claro, antes de eso fatal, no pretendía recordártelo. Yo había pensado... este viernes después de clase, por la tarde -me dijo-. ¿Podemos ir por ahí juntos?
-Sí.
Volvió a sonreír.
-¿Dónde nos vemos? -preguntó-. ¿Voy a buscarte a tu casa, en el bar de mi padre?
-En el bar de tu padre, mejor.
Si venía a mi casa, mis padres creerían que era mi novio, pues ya no era la primera vez que iba por allí. Ellos consideraban que Joachim era una gran persona, desde que sabían que me había defendido de Olivier la noche del baile, pero... mi hermano pequeño diría que éramos novios y se burlaría. Por eso le pregunté a Joachim la localización del bar de su padre y él me dijo cómo llegar allí desde el instituto. No era muy lejos.
-El viernes pasado te dije que te iba a preparar una sorpresa y es cierto -añadió-. Quiero que todo salga de la mejor manera posible.
Tuvimos que jugar al tenis, un partido de dobles. El profesor hizo los equipos de una manera que no me gustó demasiado; mi pareja era Albert y en eso no había problema, lo malo era que contra nosotros jugaban Joachim y el fastidioso Olivier. Estos dos últimos ni se miraban al jugar, cada uno golpeaba la pelota cuando le llegaba y no diseñaban ninguna técnica. Albert sí que diseñaba técnicas. Cuando supo que yo era su pareja, me explicó dónde tenía que colocarme dentro del campo, en qué ocasiones golpear la pelota (y en cuales lo haría él), me ordenó que lanzase la bola siempre a la zona de Olivier, que él se ocuparía de la de Joachim... me dio tantas órdenes que decidí no seguirlas y jugar libremente. Cuando yo conseguía algún punto, Albert alababa mi creatividad, pero cuando fallaba me echaba en cara no seguir su plan. Íbamos perdiendo, Olivier se burlaba, yo no conseguía acordarme de las normas de Albert... y lancé la pelota a la red, de forma que no pasó al campo rival. Albert golpeó el suelo con la raqueta y gritó:
-¡Lánzala fuerte! ¡Que perdamos por otra cosa, vale, pero que perdamos por esto...! ¡Dale duro, me da igual que te canses! ¡Yo también estoy cansado de que nunca me toque una buena pareja para esto!
Me enfadé y no supe qué decirle.
-¿Y las veces que tú lanzas mal no las cuentas? -intervino Joachim, dirigiéndose a Albert-. A ver si te callas, porque ella está jugando mejor que tú.
Por una vez, fuese por lo que fuese, Olivier coincidió en parte:
-Juega mejor que tú y además es una chica guapa. Me gustaría que fuese en mi equipo, en lugar de este... mamarracho de Clerc.
Olivier, Joachim y Albert empezaron a insultarse. Los miré, Joachim se dio cuenta y se apartó de ellos. Más calmado, Albert me tendió su regordeta mano y me pidió perdón. Olivier nos miró con una sonrisa burlona.
-Estás revolucionando los partidos de tenis, Jacqueline -me dijo-. Todo el mundo peleándose por ti, vaya, vaya.
Durante los días siguientes Joachim fue afeitado a clase y Olivier intentó dejar barba. Apenas se le notaba, era un vello muy rubio y muy fino. Me preguntó si le veía la barba y le dije que no.
-Toca -me dijo.
Le pasé la mano por la cara para apreciar el vello y Joachim me la apartó. No comprendí por qué. A la hora de deporte le pregunté por esa manera de reaccionar y él me dijo:
-No sabía que le reías las gracias a Olivier.
-Solamente... me dijo que iba a dejar barba y... comprobarlo no es reírle las gracias.
-También podías haber pasado de él.
Joachim parecía irritado y contrariado.
-¿Qué te importa la barba de Olivier? -añadió-.Yo te trato lo mejor que puedo, y tú te diviertes con él.
-¡No me divierto, el otro día me colgó de una cuerda y me dejó encerrada! Joachim, ¿qué te pasa?
-Nada, Jacqueline, déjalo, es que estoy fatal por lo del cuaderno y... por lo que te hizo a ti. Por eso no soporto que Olivier se haga el gracioso y que tú... mira, en vez de tocarle la barba, podías haberle dado una bofetada.
Joachim me llevó detrás de unas colchonetas para que nadie nos viese y colocó sus manos en mis caderas. Permaneció en silencio varios segundos.
-Me gustaría decirte algo ahora mismo, pero no quiero chafarte la sorpresa del viernes -comentó-. Quiero decírtelo en un ambiente más... adecuado para ello.
Lo miré, preguntándome a qué se refería.
-Estás muy guapa -añadió.
-¿Con el chándal?
-Sí, con el chándal.
-Tú también -le dije, por fin.
Le quedaba bien la indumentaria que llevaba puesta. Era la de su equipo de fútbol favorito (el Werder Bremen). Él se rió, como diciendo <>.
No se creía guapo, pero sí que lo era, lo pensaba yo y también me lo habían dicho otras chicas.
Salimos de detrás de las colchonetas y Albert se acercó a nosotros. En la última clase de deportes, Joachim y él habían discutido. Albert se quedó mirando a mi amigo, dudó y finalmente dijo:
-Te queda bien esa camiseta. Me gustaría comprarme alguna, de equipos que me gustan, pero no sé si me van a quedar bien.
-Pruébatelas antes -respondió Joachim.
-Ah, ¿me la dejas?
Albert había interpretado que Joachim le iba a dejar la camiseta del Werder Bremen para que se la probase; sin embargo, mi amigo se refería a que se probase camisetas en una tienda.
-¿Esta? -preguntó Joachim, pellizcándose la camiseta que llevaba puesta-. Paso del metro ochenta y estoy... no pesamos lo mismo, pero pruébatela si quieres.
Ya no estaban enfadados. Joachim había dicho "no pesamos lo mismo", de manera diplomática, para referirse a que Albert estaba mucho más gordo que él. Cuando los dos se quitaron sus respectivas camisetas, las diferencias de sus torsos saltaron a la vista. A Albert se le notaba la grasa; y a Joachim, los músculos del pecho y sobre todo del abdomen, un poco trabajados pero sin pasarse. Me fijé en Joachim y él se dio cuenta, me miró. Yo noté que me estaba sonrojando.
-¿Te molesta que me haya quitado la camiseta? -preguntó.
-No. Estoy acostumbrada, mis hermanos...
-Ya.
-Yo tendré que ponerme a dieta, ¿no? -intervino Albert-. Ya hace falta para igualar a Joachim; "tío", tú sí que estás en forma.
Era verdad, aunque no lo reconocí en voz alta. Albert habló cordialmente, con humor, e interiormente se lo agradecí, ya que contribuyó a que me sintiese menos incómoda. Cuando terminó de hacer la prueba (la camiseta le quedaba larga, por supuesto) le devolvió la prenda a Joachim y ambos vistieron sus respectivas camisetas.
-¿Ves? -me dijo Joachim-. Hace poco tuve una pequeña disputa con Albert, pero ya somos amigos de nuevo. No soy rencoroso. No paso de Olivier por rencor, sino porque su único objetivo es fastidiar a la gente.
No respondí, no supe que decirle. Pero él sí que habló de nuevo.
-¿Por qué me miraste tanto mientras Albert se probaba mi camiseta? -se interesó.
Y a mí me fastidió que me lo preguntase, me daba vergüenza comentarle lo atractivo que lo encontraba.
-Era... mejor que ver su barriga llena de grasa -respondí.
Joachim soltó una carcajada.
-¡Pobre Albert! -exclamó-. ¡Hasta yo le gano, lo compadezco de verdad!
Sin embargo, no era tan sencillo ganarle a Joachim.
Durante el partido de tenis casi se me torció el tobillo, apoyé mal el pie después de saltar. Casi no podía levantarme. Me senté en el suelo, ya que en el momento me dolió bastante, y varios compañeros se acercaron a ver qué pasaba, incluido Joachim. El profesor me tocó el tobillo con la mano y supuso que no era nada, pero así todo me recomendó:
-Vete a cambiarte y quédate en la grada. Es mejor que no fuerces, y si sientes molestias vete al médico.
Obedecí. Durante diez minutos me quedé observando cómo jugaban ellos. Luego me fijé en Olivier a causa de los aspavientos que estaba haciendo. Vi con sorpresa cómo se dirigía al vestuario de los chicos y varios minutos después venía a sentarse a mi lado.
-¿Qué tal? -me preguntó.
-Lo estoy pasando mejor con el tobillo torcido que cuando me colgaste en las espalderas -le dije.
-Vengo a hacerte compañía -pasó de mi comentario-. Al profe le he dicho que me dolía la rodilla y se lo ha tragado. No iba a dejarte aquí sola, Jacqueline.
-¿Qué vas a hacerme ahora?
Sonrió.
-Nada, guapa. Lo tuyo es doloroso, a veces -comentó-. La lesión en el tobillo, quiero decir. Hay esguinces realmente molestos. ¿Notas... como una cuerda que te tira dentro del pie?
-No exactamente.
Me miró con interés.
-Claro, eso suele suceder al cabo de unas horas, no en el momento. Pero al fin y al cabo, puede que ni siquiera sea un esguince.
Me tocó el tobillo, por debajo del calcetín.
-Tal vez te alivien unos masajes -dijo.
-No. No es necesario -me apresuré a contestar.
Adoptó una pequeña mueca de desagrado.
-Mira qué mal está esto -comentó-. Te has lastimado y ni siquiera te han echado hielo. Ese "tío" que presume de profe no sabe nada. Deberíamos manifestarnos para que lo echasen, ¿no crees?
-No, no lo creo. Hay gente peor que él en el instituto, y que yo sepa, no la expulsan.
Fingió no haber pillado la indirecta y volvió a mirarme con interés.
-El profe de Educación Física... ¿No quieres que lo echen? Te conformas con cualquier cosa -declaró-. No solo en este tema sino... ya sabes... en las relaciones.
-¿En las relaciones?
Intentó adoptar una expresión indiferente.
-Sí, por ejemplo... después del baile saliste con Clerc, se rumorea. No tienes por qué conformarte con un "tío" de segunda clase, ¿no te das cuenta, Jacqueline? No tienes por qué andar siempre con él. Te sientas con él en el aula... Supongo que lo harás por lástima, pero...
Descubrí adónde quería llegar.
-Joachim es un chico increíble, no un "tío" de segunda clase -discrepé-. No tiene motivos para darme lástima.
Olivier no respondió al momento. Pareció reflexionar, me miró varias veces y finalmente dijo:
-Bueno, vamos a dejar a Clerc. Hablaremos solo de lo nuestro. Sé que te colgué de las espalderas y que eso es casi imperdonable. Sin embargo te pido perdón. Quiero que quedemos una vez en serio, ahora no te voy a obligar a nada, no te haré locuras como la del otro día... si quieres sales una vez conmigo, y si no, me fastidio y te dejo en paz. Dame una única oportunidad, como has hecho con Clerc. Has salido una vez con él, y ahora te toca salir una vez conmigo.
Parecía más sincero que de costumbre, pero lo del viernes había sido gravísimo y ya no era la primera vez que se metía conmigo. Me miró suplicando que aceptase, qué cara tenía.
-Ya hemos quedado una vez y ya sabemos qué ha pasado -respondí.
-Esto no tendrá nada que ver -aseguró-. En el baile... mira, Jacqueline, he cambiado. Antes era un sinvergüenza, pero ahora soy más maduro.
-¿Has madurado en menos de una semana?
-¡Sí! ¡Por fin he comprendido! Tienes que creerme.
Me cogió de las dos manos.
-Cuando volví a mi casa el viernes y pensé en el daño que te había hecho, lloré durante horas. No he dejado de pensar en ti ni un minuto desde entonces y ahora sé que me gustas muchísimo -añadió-. Te quiero. Aunque sé que no merezco tu amor.
¡Y decir que parecía sincero! Alguien que lo conociese menos que yo, tal vez (solo tal vez) habría confiado en él. Pero podía olvidarse de quedar conmigo.
-Ya hemos ido juntos al baile y me dejaste allí colgada sabiendo que tengo fobia a las alturas - declaré.
Me miró contrariado, pero sin su habitual mueca burlesca.
-He cambiado -respondió-. A lo mejor tienes que asimilarlo. Piénsalo y hablamos en otra ocasión.
Y se sentó a varios metros de distancia.
Me fui directamente a la clase de Lengua cuando terminó la de Deporte. Subiendo las escaleras alguien me agarró la mochila. Me di la vuelta y vi que se trataba de Joachim.
-Tenemos que hablar muy en serio, Jacqueline no te reconozco -comentó.
-¿Qué pasa?
-Eso me lo tendrás que decir tú. Pero bueno, empezaremos por el principio. A ver, Olivier es terrible. Hay que pasar de esa gente, ¿me entiendes, Jacqueline? Te diga lo que te diga, no le hagas nada de caso, ¿vale? Con esa gente hay que actuar así. Hacer como si no existiera.
Miré a Joachim y no respondí.
-Quiere... -añadió mi amigo-. No sé cómo decírtelo, pero te quiere solo porque eres guapa. Para él no importa lo que piensas, ni lo que sientes. Solo le importa tu parte física. ¿Le importó cómo te sentías cuando te colgó lo más cerca que pudo del techo sabiendo que tienes miedo a las alturas?
-No, para nada -respondí.
Joachim pasó de largo por el aula de Lengua y no volvió a hablar hasta que llegamos al fondo del pasillo, desierto.
-Yo estaba en el baño del vestuario. Villeneuve se estaba cambiando, y hablaba con Olivier -me explicó-. No se percataron de mi presencia y hablaron a sus anchas. Olivier dijo algo como : <>. Y luego se burlaron de ti. Jacqueline, escucha, puede que Olivier parezca más amable, pero no ha cambiado, solo es una trampa. No debes olvidar que el objetivo es el mismo. No le gustas realmente, no te quiere, no te valora...
-Joachim, estoy completamente segura -respondí-. Gracias por decirme todo esto, pero sé que Olivier es un sinvergüenza, no sé por qué te preocupas tanto.
Me miró con extrañeza.
-Vaya, pues Olivier decía que habíais ligado mientras los demás jugábamos al tenis y que te tenía casi conquistada.
Joachim tenía razón, debería haberle pegado una bofetada a Olivier en vez de tocarle la barba.
-¡No! No sé cómo puedes haber creído eso -le dije a Joachim-. Jamás...
Se sonrojó.
-Vale, de acuerdo. Ya... me parecía muy raro.
Me dirigí a la clase de Lengua con Joachim mirándome protectora y cariñosamente.
-Con todo esto... casi me olvido -añadió el joven-. ¿Qué tal estás del pie? Mejor, ¿verdad? Ya has subido las escaleras...
-Sí, ya no me duele.
Olivier ya estaba en clase cuando entré. Tuvo la cara de hablarme como si no hubiese pasado nada, como si no se hubiese burlado de mí delante de Villeneuve. Me repitió que le encantaría salir conmigo y le pedí que me dejase en paz.
-¿Por qué? -preguntó-. ¿No te estoy tratando bien... ahora?
-No volveremos a quedar, déjame en paz.
-¿Por qué?
-No vas a volver a burlarte de mí.
Intentó hacerse el amable, pero como yo le repetía que no conseguiría una cita conmigo, él se enfadó y pronto volvió a ser tan grosero como siempre. Durante los días siguientes también; volvió a mostrarse burlón y maleducado. Joachim se tranquilizó. <> -me dijo. Para mí, en ese caso, el mal nunca había estado disfrazado.
Por fin llegó el viernes por la tarde y me dirigí al bar del padre de Joachim. El joven me había preparado una sorpresa, según había dicho. Yo no tenía ni idea de qué sería.
Joachim me gustaba, no solamente como amigo. Por el camino, desde mi casa al bar, me obligué a mí misma a decírselo cuando lo viese. Pero sabía que no sería capaz. Si yo no le gustaba a él, tal vez nuestra relación de amistad empeorase, y eso sería terrible. Entré en el bar pensando en eso. Se trataba de un local bastante pequeño. Por fuera, en la entrada, un letrero rezaba "Café Clerc". Dentro, nadie ocupaba ninguna de las pocas mesas que allí se hallaban, solo había dos hombres en la barra.
Joachim ya estaba allí de pie, con una chaqueta azul marino y pantalones blancos; guapísimo, afeitado, con "piquitos" en su pelo castaño oscuro formados por la gomina. Me saludó e hizo un gesto para que me acercase a la barra. Obedecí y él se aproximó conmigo. En la barra estaba su padre, de camarero. Era bajo de estatura, más bajo que yo, y tenía los ojos azules. Físicamente su parecido con Joachim era mínimo.
Me tomé una limonada con Joachim y entretanto llegó su madre. Yo ya la había visto una vez. Joachim se parecía a ella en la cara, en los ojos verdes y en la estatura (aunque el joven era más alto). Sin embargo, la madre de Joachim era muy rubia y él no.
Al cabo de un rato un hombre de la barra dijo:
-Así que tienes novia -dirigiéndose a Joachim.
-Es una amiga -respondió él.
-Ya, ya. ¡Nena, si no te gusta él, puedes venir a sentarte aquí! A mí sí que me interesaría una novia -exclamó el hombre.
Joachim me cogió de la mano y nos marchamos. Cuando el joven cerró la puerta detrás de mí, vi a su padre reprendiendo al hombre de la barra.
-Perdona esto -me dijo Joachim-. En un bar a veces entra gente así. Intentamos evitarlo, pero esta vez no hemos podido.
Supe que lo sentía de verdad.
-No pasa nada -respondí.
-Sí que pasa, debes de estar pasándolo fatal. Lo siento mucho.
-No es culpa tuya.
Avanzamos por la calle.
-Tengo aquí el coche -me dijo-. Hay una feria a apenas diez kilómetros, ¿quieres que vayamos?
-¿Una feria?
-Sí. Con atracciones, dulces... nos alejaríamos del ajetreo de París -comentó.
-Para adentrarnos en el ajetreo de una feria.
-Exacto. ¿Te apetece?
-Sí, claro.
Joachim me pasó un brazo por los hombros, de manera más firme que la última vez que lo había hecho. Olía a loción para después del afeitado.
Entramos en su Peugeot. Observé que había pegado con celofán su cuaderno de dibujo, el que Olivier le había roto, y que además había comprado uno nuevo. Me abroché el cinturón mientras él ponía un CD y arrancaba el coche. Pronto me di cuenta que que lo que sonaba era uno de los discos de mi cantante favorito. Joachim sonrió dulcemente.
-Tranquila, que hay más -aseguró-. Esto todavía no es la sorpresa.
Tuvimos que soportar un pequeño atasco a la salida de París. Joachim no se quejó como algunos conductores, sino que se relajó con la música y hablándome de lo divertida que sería la feria.
-Este año aún no he ido, pero sí el anterior, y el otro, y casi todos. Suele estar bien, y ya que vas conmigo, va a ser genial.
Cuando nos libramos del atasco el viaje se desarrolló rápidamente. Lo malo fue que no encontrábamos sitio para aparcar una vez que llegamos y Joachim dejó el coche a una distancia considerable de la feria. El joven detuvo el vehículo pero no apagó el CD, supuse que tenía pensado hablar conmigo antes de bajarnos del coche.
-Me alegra que esté pasando esto -dijo-. Es estupendo que hayas accedido a venir aquí conmigo, a veces me cuesta creer que esto esté sucediendo de verdad.
-¿Por qué?
Noté que se sentía incómodo.
-Por todo. Por tu estilo, porque eres lista, por la familia a la que perteneces... y porque eres guapa y dulce y le gustas a todo el mundo.
No supe qué contestarle. Yo no le gustaba a todo el mundo, pero si se lo decía a Joachim, él insistiría en lo contrario. Me pregunté por qué había que pasar por aquello: los dos colorados en el coche y sintiéndonos incómodos.
-Podrías ser la novia del hijo del director del instituto, o de alguien así -añadió Joachim-. Y sin embargo pasas de ligar y vienes a divertirte conmigo. Es guay.
Me dije a mí misma si no estábamos ya ligando (Joachim y yo). Me decepcionó pensar que él no lo consideraba así.
-¿El hijo del director del instituto? -pregunté, para aliviar la tensión.
Joachim se encogió de hombros.
-Sí, ya sabes. Tendrías enchufe y además el "tío" tiene mucha pasta.
-¿Y que el director fuese mi suegro? No merece la pena.
Joachim se rió y quitó el CD.
-Eso es cierto -comentó-. Anda, vamos.
Abrió la puerta del coche y yo hice lo propio. Salimos y fuimos andando hasta la feria. De lejos se veía la noria. Deseé que Joachim no quisiese subir allí, como él ya debería saber, yo no soportaba las alturas.
El joven me cogió de la muñeca. Me pareció raro, lo normal sería de la mano, pero no le dije nada al respecto, no quería hacerle pasar un mal trago.
-Va a ser guay cuando subamos a noria -comentó Joachim.
No podía ser. ¿No podía decir: <>?
-Me dan miedo las alturas -expliqué.
-Ah, claro, ya... el otro día... ¿Y te mareas en la montaña rusa? -quiso informarse.
Lo noté decepcionado y miré adonde me indicaba. La montaña rusa de aquella feria no era tan alta, otra cosa era que tuviese curvas.
-Ahí podemos ir -decidí.
-De acuerdo. A atracciones como esa; a los coches de choque; a un futbolín a ver si has mejorado desde la última goleada que encajaste...
Sonrió.
-Y luego compraremos comida -añadió.
La primera atracción a la que acudimos fueron los coches de choque. Nos metimos los dos en el mismo coche (con muchas dificultades para Joachim, por causa de sus largas piernas) y condujimos los dos, primero yo y luego él.
Él insistió en ir a la montaña rusa, pero por el camino nos encontramos con un puesto en el que había que apuntar a un objetivo con unas flechas. A Joachim le apeteció jugar.
-Te consigo lo que quieras -me prometió-. ¿A qué le apunto?
Miré la gran cantidad de objetos que estaban a la vista. Montones de peluches, juegos para niños pequeños, bufandas y gorras de equipos de fútbol... y más lejanos (más difíciles de conseguir) reproductores de mp3, videoconsolas portátiles y reproductores de DVD. Me atrajo la videoconsola portátil. Mi hermano pequeño tenía una, pero le metía juegos bastante feos y nunca me la dejaba.
-¿Le acertarás a la videoconsola? -le pregunté a Joachim.
Se fijó en el objetivo y probó con la flecha sin lanzarla.
-Puede ser, lo intentaré -dijo.
Lanzó todas las flechas que había pagado y no consiguió nada. Me pagó un ticket a mí para que lanzase también, pero al igual que él, me fui con las manos vacías. Nos alejamos de allí, Joachim me pasó un brazo por los hombros y me preguntó:
-¿Te apetecía mucho esa videoconsola?
-No, solo era... lo que más me gustaba de todo de lo que había. No es para tanto.
Supuso que en realidad sí que apetecía mucho y me dijo:
-Puedo comprarte una.
-¡No! Son caras, no te molestes. Tengo dinero propio, puedo comprarla yo si quiero.
Joachim se encogió de hombros.
-Las "tías" de la clase de al lado dicen que tu familia es rica -comentó-. Pero a mí me haría ilusión regalarte algo, porque me lo paso muy bien contigo.
-Entonces yo también tendría que regalarte algo, porque también me divierto contigo.
-No, déjalo, no es necesario -dijo.
Pasamos por un puesto de algodones de azúcar y Joachim compró dos (uno para mí y otro para él). Dimos vueltas por la feria y al cabo de media hora larga nos acercamos a la montaña rusa. Joachim sacó las entradas. Él decía que yo era de familia rica, pero al parecer, al contrario de lo que insinuaban Olivier y otros, Joachim tampoco pasaba apuros económicos, ya que me estaba invitando a todo.
Subimos a la atracción. Definitivamente no daba miedo, incluso fue divertido. Eso le dije a Joachim cuando me preguntó qué tal. Al bajar pasamos de largo por delante de un futbolín. Yo creía que Joachim quería jugar a eso, pero me propuso otra cosa.
-Ya que te ha gustado la montaña rusa, tal vez ahora quieras probar la noria -dijo.
-No.
-Vamos a verla de cerca. Por ahora solo eso.
-¿Por ahora? -pregunté.
-Bueno, tal vez luego quieras montar.
-No.
Se encogió de hombros.
-Si no pruebas, no puede gustarte -dijo.
-¿Y qué si no me gusta?
-Nada, pero me haría ilusión ir contigo. Acércate, obsérvala, y luego decide.
-Ya he decidido.
Joachim suspiró.
-¡Por lo menos mírala! -pidió-. ¡Obsérvala desde abajo y luego damos la vuelta!
Me llevó al lado de la noria, no ofrecí más resistencia. La atracción me pareció altísima y no quise subir.
-Te pierdes un bonito paisaje -me dijo Joachim -. Cuando decidí traerte aquí, en parte fue por eso. Quería que viésemos el paisaje juntos. Estaba ilusionado, creía que te parecería bien. Yo subiré contigo, no tienes por qué asustarte. Esto no es como lo del viernes, ¿vale? Es normal que te asustes si tres "tíos" te suben a unas espalderas, altas como eran, y te dejan allí colgada deseando que nadie pase para bajarte. Pero esto... es una atracción y vas con un tipo que hará todo lo posible para que te diviertas.
Creí que me iba a forzar a subir, aunque esa actitud no fuese propia de él. Me cogió de la mano.
-Vamos -me dijo-. Si te sientes mejor así, no te soltaré.
Me entró rabia porque si Joachim me forzaba a subir a la noria, no se diferenciaba de Olivier. Criticaba a este último por haberme colgado lo más cerca posible del techo, pero si él me obligaba a subir a una atracción, la actitud de los dos era la misma. Empecé a sudar por el miedo a la altura de la noria y solté la mano de Joachim.
-Quiero irme a casa -le dije.
-Pero... todavía nos queda el futbolín... ¿no quieres jugar?
-No. Quiero marcharme.
Empezó a andar y me fui detrás de él. Me alivió saber que seguía el camino hacia el coche. Él iba delante y de vez en cuando miraba hacia atrás para comprobar que yo estaba allí. Joachim iba tan deprisa que a veces me costaba seguirlo, pero no se lo comenté; deseaba llegar al vehículo cuanto antes. Sin embargo, debería haberle dicho que no corriese tanto, dado que empezó a meterse gente entre nosotros y eso me dificultaba seguir al joven. Cuando Joachim miró de nuevo hacia atrás se dio cuenta de lo que ocurría. Se detuvo, me esperó y me cogió de la mano exclusivamente para que no nos separásemos. Dadas las circunstancias supe que era por eso, que no se trataba de ninguna muestra de cariño.
Llegamos al coche al cabo de unos minutos. Joachim metió la llave en la cerradura de la puerta del conductor y entró. Yo ocupé el asiento de al lado. No soportaba pensar que el comportamiento de Joachim se pareciese al de Olivier, pero por otra parte me fastidiaba que mi amigo se quedase sin hacer cosas que deseaba en la feria, como ir a la noria y jugar al futbolín. Además, yo me encontraba nerviosa, ya que hacía pocos minutos creía que Joachim me forzaría a subir a la noria. Todo esto hizo que me echase a llorar.
Joachim me miró con prudencia y me acarició en la espalda.
-No iremos a la noria -prometió-.No te preocupes. Creí que no era para tanto, pero luego vi cómo te ponías pálida. Siento haberme puesto tan pesado. Jacqueline, mi fobia son las serpientes. Aunque sea viéndolas por televisión, me empieza a entrar una cosa...Ahora comprendo cómo te sientes.
Me sequé las lágrimas y no respondí, sabiendo que me temblaría la voz. Estaba claro que Olivier y Joachim no se parecían. Joachim había reconocido su error, y al darse cuenta de que yo lo estaba pasando realmente mal, había desistido en su intento de llevarme a la noria. Él nunca había deseado mi sufrimiento.
Joachim metió los dedos entre mi pelo y me besó en la mejilla. Luego dejó su mano sobre mi espalda y no la retiró hasta que ya no se me notaba que había llorado.
-Puedes ir a la noria, tú solo -le dije cuando me calmé.
-No. No tendría gracia sin ti. Prefiero que nos quedemos aquí los dos juntos.
Me miró de una forma difícil de describir, con una mezcla de interés por mí y de pasión. Puso el mismo CD que antes, el de mi cantante favorito y pulsó repetidamente un botón, buscando una canción en concreto.
-Vamos a escuchar una de las mejores canciones que he oído en mi vida -dijo.
También era una de las que más me gustaban del disco.
-Voy a mostrarte la sorpresa -comentó, con la música de fondo-. Pero antes tengo que asegurarme de que ya no vas a llorar, porque la estropearías y... lamentarías haberlo hecho.
-No voy a llorar.
-De acuerdo. Vamos a escuchar esta canción y otra que también es muy bonita y luego te doy el regalo.
Escuchamos esas dos canciones enteras. Entonces Joachim se bajó del coche, dijo que iba a sacar la sorpresa del maletero. Volvió a entrar y lo hizo con un papel grande, enrollado, en la mano.
-Te va a impresionar seguro -supuso-. Si no te desmayas, todo irá bien.
Cogí el papel y lo estiré con nerviosismo. Era un póster de Gareth, mi cantante favorito. Estaba firmado con un rotulador negro, y con esta dedicatoria:
Dear Jacqueline, Joachim loves you. Kisses, Gareth. (Querida Jacqueline, Joachim te quiere. Besos, Gareth).
Muchas cosas pasaron por mi cabeza al mismo tiempo. ¿La dedicatoria la había escrito Joachim o el propio Gareth? Y fuese quien fuese, lo que estaba claro era que Joachim me quería. Volviendo a lo anterior, si el póster lo había firmado Gareth, ¿dónde lo había encontrado Joachim? Un beso del joven frenó mis pensamientos. Le acaricié el pelo con una mano y con la otra sostuve el póster.
-El regalo me ha gustado mucho, aunque lo hayas firmado tú mismo -le dije.
Joachim volvió a besarme, por eso tuve que esperar para conocer la respuesta.
-Todo lo que ves ahí escrito lo ha puesto Gareth -aseguró finalmente.
Me acarició en la mejilla y me besó en la frente.
-Cuando me dijiste el nombre de ese cantante, lo busqué en Internet -explicó-. Tenía pensado conseguir alguna canción suya, y... que la escuchásemos juntos en el coche. Iba a sorprenderte así. Pero en una página leí que Gareth iba a estar en París, porque había una exposición relativa a él, o no sé qué, hasta el sábado pasado. Yo me enteré el sábado por la mañana y pensé en llamarte, pero decidí pasar yo primero a ver qué había. Ya sabes, en Internet a veces te encuentras tonterías, y si la exposición no existía, yo habría quedado fatal llamándote para que fueras.
>> Fui a la exposición, comprobé que lo que decía la página de Internet era cierto. Compré este póster para ti y... en la última planta fui por un pasillo prohibido para el público, sin darme cuenta. Me encontré con una "tía" que parecía una ejecutiva, o algo así. Puso mala cara y me dijo: <<¿Qué quieres, que Gareth te firme el póster?>>. <<¿Qué? Estaría muy bien, si pudiese dedicármelo para una chica>> -le contesté. Creo que lo de "para una chica" le encantó. <>. Me llevó a una habitación y vi a Gareth. Me...
-¡¿Has visto a Gareth?! -exclamé-. ¡¿Lo has visto en persona, has hablado con él?!
Joachim sonrió.
-Sí -aseguró-. Me dio la mano, la ejecutiva habló con él en inglés y me preguntó qué dedicatoria quería. El tipo ese... quiero decir, Gareth, parece muy amable. Escribió, firmó, siempre con una sonrisa... le di las gracias y me marché.
-¿Paso algo más? -le pregunté, todavía sin creerme del todo lo que estaba contando Joachim.
El joven frunció el entrecejo haciendo memoria.
-Bueno... bajé las escaleras y al cabo de unos minutos Gareth apareció en el vestíbulo del edificio. Había montones de jovencitas gritando y pidiéndole fotos y autógrafos. Pero Gareth solo dijo unas palabras y se marchó enseguida. Le pregunté a un guardia de seguridad si Gareth volvería por la tarde y me dijo que no. La exposición también iba a cerrarse en cuestión de minutos, así que... por eso no te he dicho nada. No habrías llegado a tiempo.
Joachim sonrió con un poco de nerviosismo y yo me quedé en silencio. Volví a mirar el póster y me emocioné al saber ya definitivamente que Gareth lo había tocado, y que la frase y la firma que allí aparecían las había escrito él. Si Gareth hubiese estampado únicamente su firma ya habría sido magnífico, pero además estaba la declaración de Joachim por medio del cantante...
Joachim se acercó y me miró seriamente. Lo próximo que iba a decir no sería en plan de broma.
-Supuse que habría una forma de expresar mis sentimientos sin que te pareciese mal -susurró-. Te lo he hecho saber, nos hemos besado y sigues contenta. ¿Es la emoción por Gareth o de verdad sientes algo exclusivamente por mí?
-Cuando escucho las canciones de Gareth pienso en ti -declaré-. Cualquier otra cosa que hubieras hecho para... expresar los sentimientos... me habría gustado. Aunque no hubiese intervenido Gareth, quiero decir.
Joachim se movió nerviosamente en su asiento.
-El otro día en la clase de tenis, antes de jugar, me sentí preparado para declararme, pero... no me parecía un escenario bonito. Quería que todo fuese perfecto y... lo que he conseguido por intervención de Gareth a ti te encanta. Es lo mejor que he podido hacer.
Me acarició en el pelo y me abrazó.
-Vas a conservar el póster con cariño, ¿verdad? -preguntó, dulcemente-. ¿Lo vas a colgar en la pared de tu habitación?
-Mi madre sabe algo de inglés. Si lee la dedicatoria... se va a volver loca, será mejor que lo guarde en otro lado. Le caes bien, pero será mejor ir poco a poco.
-¿Y vas a aguantar sin contarle que tienes un póster firmado por tu cantante favorito?
-No lo sé, ya veremos.
Se quedó en silencio durante casi un minuto, sin dejar de acariciarme los hombros.
-Me gustas desde hace unas cuantas semanas -me dijo-. ¿Desde cuándo te gusto? Si me dices "desde ahora mismo", lo acepto.
-No, no. Has empezado a gustarme varios días antes del baile.
Joachim sonrió con cariño. Permanecimos así, calmados, durante unos minutos hasta que Joachim me soltó lentamente.
-Tenemos que irnos, ¿no? -supuso.
No me apetecía marcharme. Sin embargo, para que la buena fama de Joachim se mantuviese o incluso aumentase dentro de mi familia, yo debería llegar temprano a casa. No iba a mentir; iba a decir que había estado con él.
-¿Tú puedes llegar cuando quieras a tu casa sin que nadie te recrimine nada? -le pregunté a Joachim.
-Bueno... me preguntan dónde he estado pero... saben que me defiendo y no les parece mal.
Se abrochó el cinturón y arrancó el coche. Tardamos más de media hora en llegar a mi casa. Entonces miré a Joachim y él me pidió con la mirada que esperase.
-Tenía pensado contarles a mis padres que vamos a salir más veces y... lo que hay entre nosotros -me comentó-. A lo mejor hoy mismo no, puede que más adelante. ¿Te importa que se lo diga?
No me dio tiempo a responder, porque enseguida añadió:
-Se lo voy a contar como información, y sé que ellos van a aceptarlo. No se entromenten en mi vida. No me van a venir con rollos, casi soy adulto.
-No me importa que se lo cuentes -respondí.
Lo consideré un afortunado porque a él "no le iban con rollos". De mi familia, yo no podría decir lo mismo.
-¿Tus padres saben que hemos quedado? -me preguntó.
-Sí. Te tienen aprecio, Joachim, saben lo de... el baile, y que me sacaste de allí.
Asintió con la cabeza y me besó. Salí del coche con el póster en la mano y justo en ese momento vi a mi madre saliendo de casa. No me dio tiempo a esconder el póster y mi madre leyó la dedicatoria. Joachim lo había visto todo desde su Peugeot y se apresuró a salir del vehículo.
-Hola, soy Joachim -dijo-. Vine la semana pasada a arreglar la instalación eléctrica y... Jacqueline ya les ha contado lo de... las espalderas. Le he comprado ese póster a ella y... lo ha firmado el cantante. Lo que dice la dedicatoria... -se sonrojó- verá, Jacqueline y yo nos llevamos bien.
Joachim me miró con incertidumbre. Él no sabía si yo quería informar a mi madre de nuestra relación o no, por eso había dicho simplemente "Jacqueline y yo nos llevamos bien". Yo quería acabar de una vez, no se podía fingir siempre. Si Joachim era decidido para esto, yo también. Por eso le hice un gesto que significaba "venga, cuéntaselo todo". Joachim me entendió y dijo:
-Jacqueline y yo hemos empezado a salir juntos.
Mi madre le agradeció simplemente que me hubiese bajado de las espalderas. Joachim dijo que no era nada. Nos miró, a ella y a mí, y para romper el hielo añadió:
-Cuando quiera puede ir al "Café Clerc". Es de mi familia, invita la casa. Y de paso, puede ver mi colección de dibujos, hay gente que dice que no están mal.
Se despidió y se fue. Yo no sabía cómo iba a reaccionar mi madre, pero me alegré cuando dijo simplemente, sin más rollos:
-Habrá que ir a verle los dibujos.

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