Me alegré cuando por fin di con una disculpa aceptable, pero pronto noté una punzada de tristeza. Por una vez me habría gustado ir al baile. Me gustaría que alguien que valiese la pena me lo pidiese, sin embargo, dudé que eso fuese posible.
Yo era nueva en el instituto. En mi clase era la única chica, pero mis compañeros irían al baile con las de la clase de al lado.
Fui al instituto pensando en eso. Me senté con Joachim Clerc en la última fila. Él estaba dibujando, como de costumbre. Levantó la vista un momento, me saludó, sonrió y siguió con su dibujo.
-¿Qué haces hoy? -le pregunté.
-Estoy dibujando una playa -me dijo.
-¿Real o imaginaria?
-Real. En verano, yendo en coche con mis padres, la vi. No me acuerdo de cómo se llama exactamente. Es... era cerca de Le Havre. Un pueblecito. ¿Sabes una cosa? Cuando termine, expondré el dibujo en el bar de mi padre. Es guay, ¿verdad? Lo verá bastante gente.
-Sí, es cierto. Si va allí un cazatalentos puede solucionarte la vida.
Me miró sonriendo.
-Sería... perfecto. Pero no dibujo por dinero. Es que me gusta mucho.
Y siguió dibujando. Estuve tranquila hasta que Claude Olivier y sus amigos entraron en el aula. Olivier vino directo a mí y me dijo:
-Jacqueline, ya tengo pareja para el baile. ¿Sabes quién es?
-No -respondí.
Exhibió una sonrisa burlona.
-Tú -dijo-. Irás con el más guapo del instituto, no te quejarás. Y yo con una rubia de ojos azules. Bien para los dos.
Olivier no me gustaba. Era un sinvergüenza.
-No, no puedo -respondí-. Tengo... va a venir una amiga irlandesa y tengo que ir a esperarla al aeropuerto.
-¡Pues que venga también al baile!
-No. La hora coincide, no puede ser -insistí.
Olivier me miró contrariado. Mi disculpa no debió de sonar muy convincente, ya que el joven dijo:
-Como sea mentira, me la pagas.
-Y tú a mí como le hagas algo -intervino Joachim Clerc.
Lo miré. Estaba atento a la conversación, había leventado la vista de su cuaderno de dibujo.
-¡Mira quién va a hablar! -se burló Olivier-. Tú no irás a un baile en tu vida. Nunca has ido, ¿por qué iba eso a cambiar ahora? Esa noche estarás llorando en tu casa, dibujando los monstruos con los que sueñas por cuando duermes. Eres patético, Clerc, me das asco.
Joachim lo miró con furia, pero no respondió. En la clase siguiente, que era la de Inglés, mi compañero de mesa pronuncio mal una palabra y Olivier se rió a carcajadas, muy cruelmente. El profesor lo echó fuera de clase y entonces Joachim me miró sonriendo.
Pasé el recreo con Joachim y con un amigo suyo que se llamaba Antoine-François Blanc. Blanc iba en la clase de ciencias. Era pelirrojo y avispado. Me invitó al baile, pero Joachim se me adelantó, le dijo a su amigo que yo tenía que esperar a una irlandesa al aeropuerto.
-Vaya, lo siento -comentó Blanc-. Buscaba a alguien como tú, ya sabes. Guapa, pero no "tontita". Me va a costar dar con otra de mi agrado.
De no ser por Joachim, habría aceptado su invitación. Todavía estaba a tiempo de decirle "no, no tengo que esperar a nadie, era una disculpa para no ir con Olivier", pero Blanc pronto sacó otro tema y no tuve ocasión. Joachim no me hablaba del baile, supuse que ese tipo de actividades lo traían sin cuidado.
El martes por la mañana llegué a clase demasiado temprano, antes que nadie. Me asomé a la ventana y vi a Joachim saliendo de un coche grande, de color azul oscuro. Colocó su mochila sobre los hombros y entró en el instituto. Yo no sabía que condujese. Aparté la vista de la ventana al oír la voz de Olivier en el aula.
-Cancela lo de la irlandesa -me pidió.
Cerró la puerta y se acercó a mí.
-Quiero quedar contigo, y lo conseguiré por las buenas o por las malas -declaró.
Me acarició en la mejilla. Yo no supe qué hacer.
-Mira, si no es en el baile, tenemos que quedar otro día -añadió-. No te librarás, no vas a ser capaz de esquivarme siempre.
Me acarició en la espalda.
-Soy un buen novio, ¿no me crees? -preguntó.
-Déjame -murmuré.
-Hablo en serio. Contéstame. Creo... mejor voy a proponerte algo: hoy estás conmigo en el recreo y pasas de Clerc. Te demostraré que puedo llegar a gustarte.
-No.
Se apartó un poco de mí y me dio la espalda. Miró al suelo, dio una patada al aire y volvió a observarme.
-¿Por las malas, entonces? -dijo.
No respondí.
-Sí, por las malas -confirmó él mismo.
Se quedó de pie, cerca de otra de las ventanas del aula. No dijo nada, pero de vez en cuando me miró con malicia. Unos minutos más tarde entró Joachim y me sentí aliviada. No me gustaba quedarme sola con Olivier. Joachim y yo hablamos en voz baja para que Olivier no nos oyese.
-No sabía que conducías -comenté.
-Sí. Tengo... tengo diecisiete años, mis padres me dieron permiso para conducir. Pasé un año sin estudiar, en el bar de mi padre, por eso, aunque estemos en el mismo curso, soy un poco mayor que tú -explicó-. Voy a cumplir dieciocho en verano.
>>Vivo cerca, no suelo venir en coche, pero hoy después de clase tengo que ir a ver a una prima al hospital.
-¿Qué le pasa?
-Se rompió un brazo, pero ya está mejor, pronto volverá a su casa. Mientras tanto, está empeñada en que yo vaya a verla.
Olivier nos miró con envidia mientras hablábamos, pero se quedó en silencio. Tenía celos de Joachim porque era capaz de hablar conmigo con normalidad, sin que yo le mandase alejarse. Pero Joachim se comportaba con educación y Olivier no, esa era la diferencia.
-¿Te gusta mi coche? -me preguntó Joachim.
-¿Es tuyo propio o de tu padre?
-Mío propio -sonrió-. Lo he comprado yo, es un Peugeot. Es de segunda mano, pero no está mal, ¿no?
-No. Parece que está bien, al menos por fuera.
-Por dentro también. Mi madre conocía a los dueños de antes, son de confianza.
Joachim me pareció independiente y seguro de sí mismo por todo lo que acababa de decir. No era como los demás chicos , tenía algo especial. Sentí ganas de ir al baile con él, pero no me atreví a pedírselo. Seguramente a él el baile le resultaría superficial. Él se preocupaba de otras cosas. Si yo se lo pedía, tal vez me considerase inmadura.
A la hora del recreo estuve sola con Joachim. Blanc se quedó en la biblioteca acabando un trabajo que debería entregar próximamente. A Joachim le comenté que Olivier me había amenazado.
-Tranquila. Dice así, pero luego no se atreve a hacer nada -comentó-. Al menos, mientras estés conmigo. ¿Has visto cuando yo he entrado en clase? No se ha atrevido a molestarte más. Aunque jamás lo admita, me tiene miedo.
Sonrió con orgullo al decir la última frase. Hablamos de varios temas y él me preguntó:
-¿Hasta cuándo va a estar aquí tu amiga, la irlandesa? ¿No perderá clases? ¿O es que no estudia?
Me mordí el labio inferior.
-No va a venir. Solo lo dije para que Olivier me dejase en paz -admití-. Sabía que dejaba algún cabo suelto. Si Olivier razona como tú, estoy perdida.
Yo no era capaz de mentirle a Joachim. Él se concentró, me observó la cara, no sé por qué.
-Entonces... Blanc te lo pidió, ¿le habrías dicho que sí? -quiso saber.
-Sí. Y a Olivier le diría que mi amiga había cancelado el vuelo. Porque claro, me vería en el baile.
Joachim suspiró. Miró a los lados.
-Me adelanté, perdóname -se disculpó-. Le dije a Blanc que no podías ir... ¿quieres que vaya a hablar con él ahora?
-No, no importa.
-De verdad. Si querías ir con él... Jacqueline, ¿te gusta Blanc?
Nos miramos. No bromeaba.
-¿En qué sentido? -pregunté.
-Ya sabes, ¿tienes ganas de salir con él?
-¡No! Me parece de fiar, y eso, pero... no...
-A mí puedes decírmelo. No se lo contaré si no quieres.
-De verdad, no me gusta como novio. Iba a decirle que sí porque es legal, nada más.
Joachim me miró de nuevo. Era muy alto y muy guapo aunque él no creyese eso último. El viento había alborotado su cabello, corto y marrón oscuro (él insistía en denominarlo así, pero yo le llamaría simplemente negro). Sus ojos verdes estaban clavados en mí. No me atreví a sostener la mirada y me fijé en los cables que salían del bolsillo izquierdo de su pantalón vaquero. Seguramente se trataba de cualquier dispositivo para escuchar música.
-Espérame -dijo -. Vengo ahora.
Me quedé allí, deseando que Joachim volviese enseguida para que Olivier no me viese sola. Por suerte Olivier no pasó por allí y Joachim no tardó.
-Blanc va al baile con otra -comentó mi amigo-. Se lo ha pedido a otra y ella ha aceptado. ¿Te importa mucho?
-No.
Supuse que Joachim había ido a hablar con Blanc, a decirle que podía ir conmigo al baile. Me parecía un detalle, pero no me importaba que Blanc ya fuese con otra. No estaba enamorada de él, ni mucho menos.
-Entonces, ¿no vas a ir al baile? -me preguntó Joachim.
-No. Creo que no.
Me miró en silencio.
-¿Y tú? -me atreví a preguntarle.
Lo encontró gracioso. Sonrió.
-Ninguna querría ir conmigo, y además, a mí no me van mucho esas cosas. Si me gustase una chica, la llevaría a otro lado.
-¿Adónde?
-A la playa, al anochecer. Aquí no hay playa, pero ya me entiendes...
-Sí, te refieres a lo ideal.
-Sí. Lo ideal. Pero en realidad, ninguna querría ir conmigo.
-¿Por qué no?
Se encogió de hombros.
-No sé cómo decirlo, no soy seductor -comentó.
Noté que se ruborizaba ligeramente. Me miró y cambió de tema. Al final del recreo él se fue al baño y Olivier me vio sola. Se acercó a mí y me susurró al oído:
-Ya tengo un plan para que salgas conmigo por las malas.
Sus amigos lo acompañaban. Me rodearon y subí las escaleras con ellos porque no me quedó más remedio. Llegamos a clase. Olivier y dos de sus amigos entraron en el aula conmigo y otro se quedó fuera vigilando.
-He pensado en robarte los deberes -comentó Olivier.
Sus dos amigos me agarraron y Olivier cogió mi mochila. Sacó la libreta de Latín.
-Arranco la traducción y la tiro por la ventana -amenazó-. No solo hoy, sino también mañana, dentro de dos días, dentro de tres, y así todo el curso. El profe se creerá que nunca haces los deberes, ¿eso te gusta?
Sentí miedo e indignación. Sabía que Olivier podía hacerlo, que no era una simple amenaza.
-No lo hagas -le pedí.
-Depende de ti -respondió-. Y si te resistes, seguiré. Pasaré de los estudios a temas más graves. Puedo robarte cosas valiosas cuando no te des cuenta, atacarte...
-No.
-¡Sí!
Intentó golpearme en la mejilla, pero yo me incliné y la bofetada la recibió uno de sus amigos. Olivier me miró, contrariado.
-La próxima vez irá para ti -añadió-. Sabes cómo evitar todo esto, y si no lo haces la culpa es tuya -añadió.
-Se lo voy a contar a todo el mundo -dije.
-No me importa. Seguiré. Sabes de sobra que seguiré. ¿Quieres que empiece ahora? Te tiraré los deberes de Latín, de Alemán...
-Déjame.
-Ven al baile, que la irlandesa cancele el vuelo. Solo eso y paro de molestarte.
Me miró a los ojos, pero no lo creí.
-Luego pedirás otras cosas -dije.
-No. Quiero ir al baile contigo, y me gusta llevar a cabo mis deseos. Si me apetece algo no paro hasta conseguirlo, pero después me quedo tranquilo. ¿Aceptas?
Dudé. Si me fuese a dejar en paz por ir al baile con él, valía la pena aceptar. Pero seguía sin creerlo. Sin embargo, si le decía que no, podía hacerme cualquier cosa allí mismo, en aquel momento, al enfadarse.
-Sí, sí que acepto - respondí.
Me embargó la tristeza y me sentí cobarde. Entraron varios compañeros en clase, entre ellos Joachim. Notó que yo no estaba bien y me preguntó qué me pasaba. Le conté el asunto de Olivier.
-Tienes que decírselo a alguien -opinó-. Al director, o algo así.
-No -lo contradije -. Cuando hablé con Olivier, estaba como loco. Si se entera de que lo acuso al director se pondrá peor, querrá hacerme más daño. No le importa que lo castiguen, no va a parar.
-Jacqueline, yo no estoy de acuerdo para nada con lo que vas a hacer -dijo Joachim-.Pero es tu vida, haz lo que a ti te parezca mejor.
Me irrité un poco al oírlo. Para él era muy fácil, pero yo no sabía cómo librarme de Olivier.
Durante la clase de Latín, Olivier me envió una nota. <
No iba a darle mi dirección, no quería que se pasase por allí cuando le apeteciese para meterse conmigo.
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Al día siguiente llegué un poco tarde a clase, teníamos un problema eléctrico en casa. Joachim me miró sorprendido cuando entré en el aula.
-Pensaba que le tenías miedo a Olivier y que faltabas por eso -comentó.
Le expliqué el motivo de mi retraso. Él sonrió.
-Oye, en mi casa logré arreglar... bueno, tampoco iba bien la electricidad, y... maniobré y me salió -dijo-. Si quieres, puedo intentar arreglar lo vuestro.
Me puse colorada. Mis padres y mis hermanos creerían que Joachim era mi novio. Me harían preguntas, y Guillaume (mi hermano pequeño) no me dejaría en paz.
-Creo que van a llamar a un electricista - murmuré.
-Algunos tardan en ir y cobran bastante. Puedo intentarlo yo. Si ya no os funciona nada, peor no lo voy a dejar -aseguró.
-Bueno, gracias.
- De nada. Puedo ir hoy después de clase. Podemos ir juntos para allá, si no te importa.
-De acuerdo.
Yo no estaba de acuerdo, pero no quería perder la explicación de Alemán y dándole la razón era más sencillo que Joachim se callase.
Al final lo hicimos así, Joachim fue conmigo a mi casa. Estaban mis padres y uno de mis hermanos (afortunadamente, Guillaume no se encontraba allí en aquel momento). Joachim se presentó diciendo que era un compañero mío del instituto. Las miradas de mis familiares parecían preguntar "¿Solamente un compañero?". Él los observó con incertidumbre. Mis padres se mostraron reticentes en que arreglase la instalación eléctrica, creían que no tenía ni idea y que le darían calambrazos al manipular los cables. Joachim insistió, dijo que sabía "algo del tema" y que no era la primera vez que lo hacía. Al fin le dejaron.
Nadie le quitaba ojo. Él trabajaba y de vez en cuando me miraba. Como tardaba, los demás fueron a ocuparse de otros asuntos y nos quedamos solos él y yo.
-Puedes ir a hacer los deberes -me dijo-. No tienes que quedarte aquí esperando.
Me gustaba mirar cómo él arreglaba la instalación eléctrica, pero no me atreví a decírselo, así que hice lo que me sugería.
Pasado un largo rato yo estaba concentrada con unos ejercicios y me sobresalté cuando alguien llamó a la puerta. Era Joachim, por supuesto. Casi me había olvidado de que él seguía en casa.
-Ya funciona, lo he conseguido -anunció.
-Estupendo.
-Me voy ahora mismo. Nos vemos mañana.
-¿Ya te han pagado mis padres? -le pregunté.
-No, en serio, no os voy a cobrar.
Me besó en la mano y se escapó escaleras abajo. Eso me sorprendió, yo creía que Joachim "no daba besos" y menos en la mano. En serio, creía que se preocupaba de otros asuntos y que no se detenía besando a nadie.
El viernes por la mañana Joachim me recordó que no tenía por qué acudir al baile si no me apetecía, que no era la esclava de Olivier. Yo procuré cambiar de tema. A la hora del recreo, justo antes de que Joachim y yo saliésemos de clase, Olivier me besó en el cuello.
-Pareces un vampiro -le dijo Joachim, despectivamente-. No te aproveches, solo te ha dado permiso para que la acompañes al baile. Además, ni siquiera le gustas, va contigo por miedo. Debería darte vergüenza. Eres un guarro.
-¡Mira tú! ¡Ahora tienes envidia porque tú no vas con nadie!
Olivier se marchó riéndose con sus amigos.
-Yo que tú lo dejaba plantado para el baile -me comentó Joachim-. Te trata como a una muñeca, te hace lo que le apetece sin contar con tu opinión...
-Si lo dejo plantado será peor -consideré-. Lo tengo controlado, como intente pasarse del límite sí que paro con esto.
Joachim me miró como si su deber fuese cuidarme. Clavó los ojos en mí intensamente y cambió de tema al ver a Blanc acercándose.
El baile comenzaba a las diez y media. Yo llegué a las once menos cuarto para aguantar a Olivier durante el menor tiempo posible. Él sí que estaba allí. Llevaba un traje negro y el pelo rubio platino engominado hacia atrás. Me caía mal, pero tuve que admitir que en momentos como ese me parecía guapo. Nada más verme me cogió del brazo posesivamente y nos acercamos a un grupo de chicos que él conocía. Presumió de las dotes de seducción que, según él, había empleado conmigo, y pidió bebidas para todos nosotros.
Levanté la mirada y vi a Joachim sentado en la barra, solo, tomando un refresco de naranja. Me sobresalté al verlo. Por un lado creía que él no acudiría al baile, pero por otro, cuando levanté la mirada fue precisamente con la esperanza de encontrarlo a él. Estaba guapísimo de traje y corbata, aunque su pelo permaneciese encrespado y se le formasen "piquitos" en el cabello al intentar peinarse con agua. Lo miré detenidamente y él también se percató de mi presencia. Lo saludé con la mano y él respondió del mismo modo. Los conocidos de Olivier me vieron saludar a alguien y miraron hacia atrás. El propio Olivier también miró. Al principio le vi adoptar cara de sorpresa y de cierto desagrado, pero enseguida exhibió una sonrisa.
-¡Vaya, Clerc solo! -gritó-. ¡Chicos, mirad! ¡No ha conseguido ni a una fea!
Me alegré de que, aparte del grupo en el que estábamos, nadie le hubiese prestado la mínima atención.
Olivier bebió dos vasos de cerveza y luego quiso bailar. Yo me acerqué a una de las máquinas de pinball, sugiriéndole jugar a eso en vez de hacer lo que él proponía.
-Bueno, pero de bailar no te libras -comentó Olivier.
Conseguí más puntos que él en el pinball y él se negó a iniciar otra partida cuando terminamos de jugar. Joachim estaba en otra de las máquinas del mismo juego. Olivier le dio una fuerte palmada en la espalda, diciéndole:
-¡Por fin has encontrado algo que vale para una sola persona! ¡Gástate ahí todas las monedas! Total, no tendrás que pagarle nada a ninguna chica...
Joachim siguió concentrado en el pinball, ni miró ni respondió a mi acompañante. Olivier me agarró de repente cuando comenzó a sonar una balada de los años noventa. Él bailaba muy bien, simplemente me llevaba y yo no tenía que esforzarme en seguir el ritmo.
Bailamos varias piezas, y a veces mi mirada se cruzaba con la de Joachim, que había vuelto a la barra. Me imaginé que bailaba con él en vez de con Olivier. Así era más fácil soportar los comentarios y las miradas de mi acompañante. Al cabo de un rato me pareció que ya habíamos bailado lo suficiente y se lo dije.
-Todavía no hemos bailado abrazados -respondió Olivier-. Mientras tanto, la gente dudará si somos novios o no. Y quiero que todo el mundo tenga muy claro que sí.
Me pareció un prepotente, y desde luego un mentiroso. Todavía nos encontrábamos agarrados, ya que habíamos estado bailando hacía solamente unos segundos. Intenté soltarme de él, pero él continuaba agarrándome a mí.
-¿Qué te has creído? -le dije-. No somos novios, hemos hecho un trato para venir juntos aquí, y ya está.
Sonrió con cierta malicia.
-¿Por qué no somos novios? -preguntó-. ¿Qué falta?
-No me gustas. Falta mi voluntad.
Él se encogió de hombros y me sacó del polideportivo, lugar en el que se celebraba el baile. Le pregunté adónde me llevaba pero no me lo dijo. Subimos las escaleras, yo notaba su mano apretándome las costillas, impidiéndome soltarme. Con la otra mano me tapó la boca. Llegamos al piso más alto del edificio y entramos en una sala en la que nunca había estado antes. Se trataba de un aula en el que estaban guardados balones, raquetas de tenis... objetos de Educación Física, en resumen. Al fondo se hallaban Villeneuve y Charles, los dos mejores amigos de Olivier. Este cerró la puerta con pasador sin dejar de agarrarme las costillas.
-Aquí se guardan las "sobras" de Educación física -comentó Olivier-. Balones desinflados, raquetas con las cuerdas estropeadas... Alguien los termina arreglando y se vuelven a utilizar de nuevo, ¿sabes, Jacqueline? He pensado que... mira, como quiero que seas mi novia y tú ne niegas... no me sirves para nada. Así que... te voy a dejar con las sobras, también hasta que alguien venga a recogerte.
No pude decir nada porque Olivier me seguía tapando la boca. Villenueve y Charles se acercaron y Olivier me agarró las muñecas, detrás de la espalda, para impedirme mover los brazos. Charles relevó a Olivier tapándome la boca.
-Mira, Jacqueline, las espalderas -me dijo Olivier.
Era cierto, había unas espalderas a la derecha.
-Antes se hacía deporte aquí, esas no están estropeadas -comentó Olivier-. Hemos pensado... atarte ahí, en lo alto. Te atamos los brazos a una de las barras de madera y te quedas ahí, colgando.
Supe que esos sirvengüenzas eran capaces de hacerlo y me puse pálida. Además de tener miedo a las alturas... si ellos me encerraban allí y nadie se enteraba...
-Hay otra opción -añadió Olivier-. Si me dejas que te dé un beso... paro con esto, ¿vale?
-Pero... déjame a mí también -pidió Villenueve.
-Y a mí, no voy a quedar yo de tonto -añadió Charles-. Venga, tres besos y eres libre.
Me quitó la mano de la boca para que respondiese.
-Chicos, es una fobia -dije-. No soporto las alturas, no es justo...
Cuando me di cuenta, Olivier ya me estaba besando en los labios. Ahora yo tenía los brazos libres, ¿pero para qué? Por más que lo intentaba, no lograba apartarme de él. Al cabo de un tiempo que me pareció eterno, Olivier se apartó de mí un segundo para volver a agarrarme otra vez, las muñecas.
-Venga, atadla de una vez, se acabaron los besos -dijo-. Si alguno de los dos la besa ahora, lo delato, digo que fue él el que la dejó aquí atada, hablo en serio.
Villeneuve y Charles obedecieron: me taparon la boca atándome un trapo. Olivier se acercó a las espalderas y subió conmigo en brazos por una escalera de mano. Al llegar a lo más alto, me mandó que apoyase los pies en las espalderas y tuve que hacerlo para no caer. Villeneuve y Charles me ataron las muñecas y los tobillos a las barras de madera. Todos bajaron y se marcharon.
Intenté bajar de allí, por supuesto. Traté de gritar, pero el trapo que me habían puesto en la boca me lo impedía. Moví las muñecas para soltarme y no lo conseguí. Me puse nerviosísima, más de lo que ya estaba, y me di cuenta de la razón que tenía Joachim cuando me había dicho que no me fiase de Olivier para nada. Joachim. ¿Dónde estaría ahora? Tal vez ni siquiera se había dado cuenta de que yo faltaba en el baile. Y si se cruzaba con Olivier, este le diría:<<¿Jacqueline? Ya se ha marchado>>. Joachim lo creería y yo seguiría allí colgada. Era terrible.
Pasaban los minutos y nadie aparecía por allí. Intenté mirar el reloj, que me colgaba brazo abajo, pero no pude. ¿Qué hora sería? ¿Las doce? Dentro de varias horas se terminaría el baile y se marcharía todo el mundo. A nadie se le ocurriría dar una vuelta por el almacén de objetos deportivos del último piso. Entonces, ¿cuánto tiempo más iba a permanecer yo allí?
Oí pasos por las escaleras e intenté gritar. Pero inmediatamente el ruido de pasos se apagó. Alguien andaba por allí y yo tenía que llamar su atención, y no sabía cómo. Traté de gritar otra vez. Creo que pasaron varios minutos sin volver a oír un ruido, sin embargo más adelante sonaron los pasos de nuevo, esta vez más cercanos. Volví a gritar y noté que alguien intentaba abrir la puerta del almacén en el que estaba yo. Me agité para que mi cuerpo hiciese ruido chocando contra la madera. El que estaba al otro lado insistió, trató de abrir la puerta. Y luego desistió.
Me desesperé, los pensamientos más oscuros pasaron por mi mente hasta que al cabo de un rato escuché una voz.
-¡Eh, tranquila, voy a buscar la llave! -aseguró.
¿Era Joachim? Moví la cabeza para averiguarlo y él añadió:
-Justo enfrente, mira enfrente.
Le hice caso, y por un cristal minúsculo vi los ojos verdes de mi amigo.
-He venido a ver si estabas ahí, ya que he oído ruido desde fuera. Dios mío, ¿te han tapado la boca? Espera, vuelvo con la llave y te saco de ahí. Voy ahora mismo.
Transcurrieron varios minutos hasta que oí de nuevo sus pasos acelerados por el pasillo. Joachim abrió la puerta rápidamente y entró corriendo. Subió las espalderas y me desató el trapo de la boca. Me quitó las cuerdas de los tobillos y me dijo:
-Apoya los pies, no te sueltes.
Me desató las muñecas y me agarró una, contra la madera, para que no me soltase. Joachim tenía las manos tan grandes... Proporcionadas con el resto del cuerpo, claro, pero quiero decir que si me agarraban unas manos tan grandes, era imposible que me cayese. Me pidió que me agarrase y que fuese bajando. Él estaba detrás de mí. Cuando llegué por fin al suelo no pude más y me eché a llorar.
-No pasa nada, ya se acabó todo -me dijo Joachim.
Seguí llorando, le di las gracias y admití que él tenía razón, que no debería haber ido al baile con Olivier. Nos sentamos en el suelo y Joachim me abrazó y me acarició los cabellos.
-No te preocupes, estoy aquí -dijo-. Eres mi mejor amiga. No te voy a abandonar.
Apoyé la cara contra su pecho, sin darme cuenta de que le iba a estropear el traje con mis lágrimas. A él no le importó. Me acarició en la espalda y me besó en la frente varias veces, siempre diciendo palabras tranquilizadoras. Le conté todo lo que me había ocurrido y él me explicó cómo le había dado por buscarme por el instituto.
-Vi que te ibas con Olivier a algún lado -comentó-. Y luego él y sus amigos volvieron solos y salieron al patio. Me escondí detrás de unos árboles y les oí reírse, diciendo que tú estabas bien encerrada. Te busqué por todo el instituto, Jacqueline, en todas las aulas. Llegué ahí y escuché golpes. No vi nada y... fui al aula de al lado porque sé que en cierto punto, en lo alto, hay un cristal transparente, en todas las aulas. Me tuve que subir a la mesa, ¿sabes? -sonrió-. Luego fui a buscar al bedel y me dejó las llaves sin problemas. Tengo que ir a devolvérselas.
-Vete.
-No, te dejo en mi coche y luego voy. El lunes hablamos con el director sin falta. Ahora es de noche, supongo que querrás descansar.
-Sí, lo dejamos para el lunes.
Bajamos por las escaleras y llegamos al patio. Menos mal que no vimos a Olivier ni a los otros. Joachim tenía su Peugeot aparcado a pocos metros del instituto. Me abrió la puerta del copiloto y me invitó a pasar, pero en ese asiento había un cuaderno de dibujo. Él lo lanzó a un asiento de atrás nada más darse cuenta.
-Perdón -murmuró-. Voy a devolver las llaves y vuelvo ahora, ¿de acuerdo? ¿Te dejo encerrada para que Olivier no pueda abrir la puerta si pasa por aquí?
-Sí, por favor.
Miré el reloj y me sorprendió que aún no fuesen las doce, aunque faltase poco. Mi amigo volvió enseguida y ocupó el asiento del conductor.
-Jacqueline, supongo que tendrás ganas de llegar a casa y de irte a la cama sin más -dijo-. Yo había pensado... llevarte a algún lado después del baile, para que te lo pasases... bueno, para que olvidases lo mal que te lo habías pasado con Olivier, pero... dadas las circunstancias, te llevaré a casa ahora mismo.
Dudé que pudiese dormir tranquilamente después de lo que acababa de pasar. Mejor irse a la cama tras una experiencia más agradable, como la que podía vivir con Joachim. Además, si él tenía ganas de dar una vuelta... él me había librado de una buena, ahora sus deseos eran órdenes.
-Vamos adonde quieras, Joachim -declaré.
-¿No estás cansada?
-Más bien... quiero que se me pasen la rabia y el miedo antes de volver a casa.
-Vale, como quieras. No tardaremos demasiado, tus padres parecen rígidos.
Sonreí al escuchar su opinión.
-Pero intentaré que te diviertas antes de llevarte -comentó-. Lo máximo que sea posible.
Arrancó el coche. Le pregunté adónde íbamos y él me dijo:
-Tenía pensado... el Sena, ¿te gusta el Sena? Si no, podemos ir a otro lado. Dímelo tú, iremos adonde tú quieras.
Joachim me miró con sinceridad. Tenía la vista clavada en mí en vez de fijarse en la carretera. Temí que tuviésemos un accidente y respondí para que se volviese a centrar en la conducción.
-Quiero ir al Sena - aseguré-. Tú también, ¿verdad?
-Sí, claro. Ya te he contado que me gustaba la playa... y un río es lo más parecido.
Joachim siguió conduciendo y apenas hablamos mientras tanto. Yo era consciente de que él me miraba durante las pausas de los semáforos. Yo a él también, y luego los dos desviábamos la mirada. Él puso un CD de un grupo de rock (posiblemente alemán) que yo no conocía. Sigo sin recordar el nombre de ese grupo. Joachim me preguntó si me molestaba la música y le dije que no.
-¿Te gusta esta música? -quiso saber Joachim-. Tengo más discos, si quieres lo cambio. Tengo de los Beatles, uno de Kaiser Chiefs...
-No, este está bien.
El semáforo volvía a estar en verde y yo no quería que Joachim se entretuviese cambiando el disco.
-Tú decides -añadió él-. Para mi princesa, lo que sea.
¿Joachim hablaba así? ¿Cómo era que me llamaba eso? No me disgustó, por supuesto, pero... creí que él no era tan... poético, aunque los dibujantes a mí sí que me lo parecen. Luego sonrió ampliamente.
-¡Lo dice la canción, Jacqueline! -exclamó-. Es en alemán. ¿La entiendes?
-No mucho -admití-. Eso de la princesa no, no lo había pillado.
Sonrió con picardía. Su madre era alemana, él había vivido allí durante unos años y dominaba el idioma.
-Tranquila, a mí me pasa lo mismo con el inglés -confesó-. Sigo el ritmo, pero la letra es otra cosa.
Aquel disco también tenía canciones en inglés. Escuchamos algunas hasta llegar cerca del Sena. Joachim aparcó, miró hacia atrás y cogió su abrigo de los asientos posteriores. Yo abroché el mío después de quitarme el cinturón del coche.
-Yo voy a ir al baño -dijo-. A un bar. Si quieres te invito a algo.
Acepté para borrar el sabor del beso de Olivier. Joachim me recomendó una tila y se sentó a mi lado cuando vino del baño. Él no tomó nada. Miraba de forma intermitente una máquina de futbolín y finalmente me preguntó si quería echar una partida. Le dije que sí porque me apetecía jugar, pero él me ganó. Yo no logré marcar ni una vez, hacía mucho tiempo que no jugaba a eso. Cuando se acabaron todas las bolas, Joachim se puso un poco colorado y me dijo:
-Intenta darle más fuerte. No defiendes mal, pero así no vas a marcar.
Le daba vergüenza haberme metido una goleada. Tal vez creía que yo me sentía humillada por perder así. Sin embargo, mientras jugábamos no me dejó ganar, ni siquiera marcar un gol.
No me sugirió jugar otra partida, sino que salimos del bar. Él me pasó un brazo por los hombros tocándome lo menos posible, como si fuese de cristal. Era la primera vez que me pasaba un brazo por los hombros al andar. Tendría miedo de que a mí no me gustase eso, de ahí su precaución. Me preguntó si quería volver al coche o si nos quedábamos fuera durante unos momentos. Decidí quedarme fuera junto al río y él también, por supuesto.
De esa manera la ciudad me parecía bonita, toda iluminada gracias a la electricidad. Joachim me soltó para agarrarse con las dos manos al puente sobre el Sena. Me resultaba muy atractivo con su abrigo negro.
-Has venido demasiado guapa para tratarse de lo que se trataba -comentó.
-No he venido tan guapa. Pretendía no gustarle a Olivier.
Joachim se rió.
-Supongo que no podrás estar fea aunque te lo propongas. Y te lo digo cien por cien en serio, esta no es la letra de ninguna canción.
Me sonrojé. Durante unos instantes dejó de gustarme la luz de las farolas, ya que le permitiría a Joachim ver mi rubor.
-Tú has venido de traje y no has quedado con nadie -respondí.
-Ahora estoy contigo.
Nos quedamos varios segundos sin decir nada.
-¿Qué cantante te gusta escuchar? -me preguntó luego.
Me sorprendió ese cambio de tema. Con sus cumplidos estaba pasando tanta vergüenza que casi me alegré, pero en el fondo me pregunté por qué no quería seguir hablando de aquello.
-Uno que no es muy conocido -comenté con voz ronca-. Últimamente.
-No importa. Casi todos vienen en Internet.
-Se llama Gareth.
Juntó las cejas y me miró de nuevo.
-No lo conoces, ¿verdad? -supuse.
-No, lo siento.
Se quedó varios segundos en silencio.
-¿Por qué te gusta? -quiso saber después.
Habló con seriedad. Noté que era importante responderle acertadamente, no lo preguntaba por preguntar, sino que la respuesta le interesaba de verdad.
-Es... canta de manera dulce.
Me atreví a responderle eso porque él no era un bruto. Asintió con la cabeza y no se rió.
-Lo buscaré en Internet -aseguró.
Temí que no le gustase ese tipo de música.
-Igual no te gusta, no es muy rock... -le dije.
-¿Es pop?
-Sí.
-También me va -respondió-. Además, se trata de saber lo que te gusta a ti, no a mí.
Me resultaba extraño que hablase con tanta seriedad. Al parecer, conocer mis gustos era una cuestión muy importante para él.
-¿Por qué te interesa todo esto? -quise saber.
Se encogió de hombros.
-Para conocernos -dijo-. Conocerse es importante para profundizar cualquier tipo de relación. Así es más fácil comprender a las personas.
Nos miramos y Joachim se quedó en silencio, otra vez concentrado en el río durante unos instantes. Volvimos a hablar, no sé cuánto tiempo pasó, creo que entre diez minutos y un cuarto de hora. Entonces me dijo:
-Tal vez deberíamos entrar en el coche. No quiero que cojamos frío.
-Sí, vamos.
Él se quitó el abrigo una vez dentro del vehículo. Yo solamente desabroché los botones del mío. Joachim puso un CD y sonó una balada de los Beatles. La escuchamos entera sin decir nada, y cuando empezó a sonar la siguiente canción, Joachim bajó el volumen y jugueteó con el cinturón del coche, nerviosamente. Me acarició en el brazo izquierdo, por encima de mi abrigo, y luego apartó la mano.
-Creo que deberíamos irnos -comentó.
-Sí.
Arrancó el coche. La tila que había tomado me adormiló un poco.
-Por mí, te llevaría a una playa, aunque todas estén lejos -dijo-. Conduciría hasta llegar a la más próxima. No me importaría pasar toda la noche conduciendo, pero tus padres te están esperando. Hablo de lo ideal, ¿me entiendes? No es la realidad, no lo voy a hacer.
-Ya, claro.
-¿Te importa que te diga estas cosas? Es siempre desde el respeto, no me malinterpretes. No te lo digo con malicia.
-Ya lo sé, no me importa que hablemos de esto. Además, me has salvado de quedarme allí colgada. Eres un héroe.
Sonrió durante un instante, pero luego adoptó un semblante más sombrío, para decir:
-El lunes a primera hora le contamos al director lo que te hicieron Olivier y sus amigos de mier...
-Vale, vale -lo corté-. Pero no quiero hablar de eso ahora, no me apetece recordarlo.
Me sentí cansada para tratar ese tema.
-De acuerdo, lo dejaremos para otro día -prometió Joachim-. Ahora seguiremos hablando de los lugares adonde me gustaría ir contigo.
Lo miré y cerré los ojos.
-Me gustaría que conocieses Bremen -siguió hablando Joachim-. Que visitases las calles por las que yo corría cuando era pequeñito, y... mi casa... todo eso. Eso sería mostrarte parte de mi vida. Estoy deseando mostrarte cómo es mi vida, Jacqueline, ¿me estás oyendo?
Abrí los ojos de repente.
-Sí. Estoy un poco cansada, pero te escucho.
Se puso serio.
-Si quieres me callo -dijo-. ¿Te molesto? ¿Quito el CD?
-No. Estamos bien así.
De todas maneras él se calló y bajó ligeramente el volumen de la música. Volvió a hablarme para preguntarme el camino hacia mi casa, ya que solamente había ido una vez.
Unos cuantos minutos más tarde ya nos encontrábamos frente al jardín de mi vivienda.
-¿Les vas a decir a tus padres que te he traído yo? -le interesó saber.
-Sí. Quedé en llamarlos para que me fuesen a buscar, pero ya me has traído tú. Me preguntarán con quién he venido.
Asintió con la cabeza.
-¿Podemos quedar otro día? -preguntó.
-Sí, claro.
-Fuera del horario de clase, quiero decir. En nuestro tiempo libre.
-Sí. Por supuesto.
Exhibió una sonrisa fugaz.
-Es guay que lo digas tú, que me lo diga alguien que merece la pena -declaró-. ¿Sabes una cosa? No sé por qué, pero me resulta más sencillo abrirte mi corazón a ti que a otras personas. Creo que es porque tú no te burlas.
A mí me ocurría lo mismo con él.
-Tienen envidia de que dibujes tan bien -le dije-. Y de que sepas alemán. Por eso algunos se meten contigo.
Me acarició en la mejilla.
-Y tienen envidia de que seas preciosa sin pretenderlo. Y una gran persona. Por eso te hacen locuras como la de hoy, pero no dejaré que vuelva a pasar nunca.
>>No te vas a arrepentir de que quedemos más veces -aseguró-. Te voy a preparar una sorpresa. Seguro que te gusta.
-¿Qué tipo de sorpresa?
-¡No te lo voy a decir! ¡Así perdería la gracia! Tienes que esperar.
Me besó en la mejilla y añadió:
-Ya nos veremos otro día. Que duermas bien.
-Igualmente. Hasta luego, Joachim, muchísimas gracias.
-Para mi princesa, lo que sea -dijo sonriendo y saludándome como a un superior del ejército.
Me bajé del coche, finalmente contenta de haber ido a dar una vuelta con Joachim después del baile. Lo único que me fastidiaba era no haberle dicho que estaba enamorada de él.

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